domingo, 16 de octubre de 2011

Arquetipos: 3.-El amante ideal.


La mayoría de la gente tiene sueños de juventud que se hacen trizas o desgastan con la edad.
Se ve decepcionada por personas, sucesos y realidades que no están a la altura de sus
aspiraciones juveniles. Los amantes ideales medran en esos sueños insatisfechos, convertidos
en duraderas fantasías. ¿Anhelas romance? ¿Aventura? ¿Suprema comunión espiritual? El
amante ideal refleja tu fantasía. Es experto en crear la ilusión que necesitas, idealizando tu
imagen. En un mundo de bajeza y desencanto, hay un ilimitado poder seductor en seguir la
senda del amante ideal.
EL ROMÁNTICO IDEAL.
Una noche de 1760, en la ópera de la ciudad de Colonia, una bella joven miraba al público
sentada en su palco. Junto a ella se hallaba su esposo, el burgomaestre de la ciudad,
hombre maduro y afable, pero aburrido. Con sus catalejos, la joven vio a un apuesto
caballero vestido con un traje deslumbrante. Su mirada fue evidentemente advertida,
porque terminada la ópera el hombre se presentó: se llamaba Giovanni Giacomo
Casanova.
El desconocido besó la mano de la mujer. Ella le dijo que iría a un baile la noche siguiente;
¿le gustaría a él asistir? "Únicamente si puedo osar esperar, Madame", contestó
Casanova, "que usted baile sólo conmigo."
La noche siguiente^ después del baile, la mujer no podía pensar más que en Casanova. El
parecía haberse adelantado a sus pensamientos: ¡había sido tan agradable, pero también
tan atrevido! Días más tarde él cenó en casa de la dama; y cuando el esposo de ésta se
retiró a descansar, ella le mostró la residencia. Desde su tocador, la mujer señaló un ala de
la casa, una capilla, justo frente a la ventana. Y en efecto, como si le hubiera leído la
mente, Casanova asistió a misa en esa capilla al otro día; y al ver a la dama en el teatro esa
noche, le confió haber visto allí una puerta que sin duda conducía a su recámara. Ella rio,
y se fingió sorprendida. Con el más inocente de los tonos, él añadió que buscaría la manera
de esconderse en la capilla al día siguiente, y casi sin pensarlo ella murmuró que lo
visitaría ahí una vez que todos se hubieran ido a acostar.
Casanova se ocultó entonces en el diminuto confesionario de la capilla, esperando día y
noche. Había ratas, y él no tenía dónde tenderse; pero cuando la esposa del burgomaestre
llegó por fin, a altas horas de la noche, él no se quejó, sino que la siguió a su habitación, sin
hacer ruido. Sus citas continuaron varios días. De día, ella ansiaba que llegara la noche: al
fin tenía algo por qué vivir, una aventura. Ella le dejaba comida, libros y velas para hacer
llevaderas sus largas y tediosas estancias en la capilla; no parecía correcto usar un templo
para ese propósito, pero esto no hacía sino volver más emocionante el asunto. Días
después, sin embargo, ella tuvo que hacer un viaje con su esposo. Cuando regresó,
Casanova había desaparecido, tan rápida y grácilmente como llegó.
Años más tarde, en Londres, una joven llamada Miss Pauline vio un anuncio en un
periódico local. Un caballero buscaba una inquilina para rentar una parte de su casa. Miss
Pauline procedía de Portugal y era de la nobleza; se había fugado a Londres con su
amante, pero él había tenido que volver a casa, y ella debió quedarse un tiempo antes de
poder reunírsele. En ese momento se hallaba sola, tenía poco dinero y estaba deprimida
por sus miserables circunstancias; después de todo, había sido educada como una dama.
Contestó el anuncio.
El caballero resultó ser Casanova, ¡y vaya que era un caballero! La habitación que ofrecía
era bonita, y la renta baja; sólo pidió a cambio ocasional compañía. Miss Pauline se mudó.
Jugaban ajedrez, paseaban a caballo, hablaban de literatura. ¡Él era tan fino, cortés y
generoso! Aunque era una mujer seria y altiva, ella terminó por depender de su amistad;
ahí estaba un hombre con el que podía hablar horas enteras. Luego, un día Casanova
pareció distinto, molesto, agitado: confesó estar enamorado de ella. Miss Pauline
regresaría pronto a Portugal, a reunirse con su amante, y eso no era precisamente lo que
quería oír. Le dijo a Casanova que debía ir a montar para serenarse.
Esa misma noche recibió la noticia: Casanova había caído de su caballo. Sintiéndose
responsable del accidente, ella corrió a verlo, lo halló en cama y se arrojó a sus brazos,
incapaz de controlarse. Esa noche se hicieron amantes, y lo siguieron siendo por el resto de
la estancia de Miss Pauline en Londres. Cuando llegó el momento de que ella se marchara
a Portugal, él no intentó detenerla; por el contrario, la consoló, razonando que cada uno le
había ofrecido al otro el antídoto temporal perfecto contra su soledad, y que toda la vida
serían amigos.
Años después, en una pequeña ciudad española, una joven y hermosa mujer llamada
Ignacia salía de la iglesia luego de confesarse. Casanova la abordó. Camino a casa de ella,
él le explicó que le apasionaba bailar el fandango, y la invitó a un baile para la noche
siguiente. ¡Él era tan distinto a todos en la ciudad, que tanto la aburrían! Desesperaba por
ir. Sus padres se opusieron, pero ella convenció a su madre de que fungiera como dama de
compañía. Tras una inolvidable noche de baile (él bailaba muy bien el fandango para ser
extranjero), Casa-nova confesó estar locamente enamorado de ella. Ignacia replicó, muy
triste, que ya tenía prometido. Casanova no insistió, pero los días siguientes la llevó a más
bailes, y a corridas de toros. En una ocasión, Casanova la presentó con una amiga suya,
una duquesa, que coqueteó descaradamente con él; Ignacia ardió de celos. Para entonces
estaba irremediablemente enamorada de Casanova, pero su sentido del deber y su religión
le prohibían pensar siquiera en eso.
Finalmente, luego de días de tormento, Ignacia buscó a Casanova y lo tomó de la mano:
"Mi confesor quiso hacerme prometer que nunca volvería a estar a solas con usted", le
dijo; "y como no pude hacerlo, se negó a darme la absolución. Es la primera vez en la vida
que me ocurre algo así. Me he puesto en manos de Dios. He decidí-do que mientras usted
esté aquí, haré cuanto desee. Cuando, para mi pesar, se marche de España, buscaré otro
confesor. Mi capricho por usted, después de todo, es sólo una locura pasajera".
Casanova es quizá el seductor más exitoso de la historia: pocas mujeres se le resistían. Su
método era simple: al conocer a una mujer, la estudiaba, acompañaba sus estados de
ánimo, indagaba qué le faltaba en la vida y se lo daba. Se volvía el amante ideal. La esposa
del aburrido burgomaestre necesitaba aventura y romance; quería a alguien que
sacrificara tiempo y comodidad para poseerla. A Miss Pauline le faltaba amistad, ideales
elevados y conversación seria; quería un hombre de buena cuna y generoso que la tratara
como una dama. A Ignacia le faltaba sufrimiento y tormento. Su vida era demasiado fácil;
para sentirse verdaderamente viva, y tener algo real que confesar, necesitaba pecar. En
cada caso, Casanova se adaptó a los ideales de la mujer respectiva, dio vida a su fantasía.
Una vez que ella caía bajo su hechizo, un pequeño truco o cálculo sellaba el romance (un
día entre ratas, una artificiosa caída de un caballo, un encuentro con otra mujer para
poner celosa a Ignacia).
El amante ideal es raro en el mundo moderno, porque este papel implica esfuerzo. Te
obliga a concentrarte intensamente en la otra persona, a sondear qué le falta, lo cual es la
causa de su desilusión. La gente suele revelar esto en formas sutiles: mediante gestos, tono
de voz, una mirada a los ojos. Aparentando ser lo que le hace falta, encajarás en su ideal.
Crear este efecto demanda paciencia y atención a los detalles. La mayoría de las personas
están tan absortas en sus deseos, tan impacientes, que son incapaces de adoptar el papel
del amante ideal. Tú conviértelo en una fuente de infinitas oportunidades. Sé un oasis en el
desierto del ensimismado; pocos pueden resistir la tentación de seguir a una persona que
parece tan afín a sus deseos, tan dispuesta a dar vida a sus fantasías. Y al igual que en el
caso de Casanova, tu fama como dador de ese placer te precederá, y te facilitará
enormemente seducir.
El cultivo de los placeres de los sentidos fue siempre mi principal propósito en la vida.
Sabiendo que estaba personalmente calculado para complacer al bello sexo, me empeñé
siempre en agradarle.
—Casanova.
LA BELLEZA IDEAL.
En 1730, cuando Jeanne Poisson tenía apenas nueve años de edad, una adivina predijo que
un día ella sería la amante de Luis XV. Esta predicción era absolutamente ridícula, porque
Jeanne pertenecía a la clase media, y por tradición centenaria a la amante del rey se le
elegía de entre la nobleza. Peor aún, el padre de Jeanne era un conocido libertino, y su
madre había sido cortesana.
Por fortuna para ella, un rico que había sido amante de su madre se encariñó con la
preciosa niña, y pagó su educación. Jeanne aprendió a cantar, tocar el clavicordio, montar
a caballo con singular habilidad, y a actuar y bailar; se le instruyó en literatura e historia
como si fuera hombre. El dramaturgo Crébillon le enseñó a dominar el arte de la
conversación. Por si todo esto fuera poco, Jeanne era hermosa, y poseía una gracia y un
encanto que muy pronto la distinguieron. En 1741 se casó con un miembro de la baja
nobleza. Conocida entonces como Madame d'Etioles, pudo satisfacer una gran ambición:
tener un salón literario. Todos los grandes escritores y filósofos de la época frecuentaron su
salón, muchos de ellos por estar enamorados de la anfitriona. Uno de los asiduos era
Voltaire, amigo suyo toda la vida.
Mientras triunfaba, Jeanne no olvidó nunca la predicción de la adivina, y seguía creyendo
que algún día conquistaría el corazón del rey. Y sucedió que una de las fincas rurales de su
marido colindaba con el coto de caza favorito del monarca. Ella lo espiaba por la cerca, o
buscaba la forma de cruzarse en su camino, portando siempre, casualmente, un elegante y
atractivo vestido. Pronto el rey le enviaba como regalo algunos trofeos de caza. Cuando la
amante oficial del soberano murió, en 1744, las beldades de la corte se disputaron su sitio;
pero él dio en pasar cada vez más tiempo con Madame d'Etioles, deslumbrado por su
belleza y encanto. Para sorpresa de la corte, ese mismo año el rey hizo de esa mujer de
clase media su amante oficial, ennobleciéndola con el título de marquesa de Pompadour.
La necesidad de novedad del rey era bien conocida: una amante lo cautivaba con su
belleza, pero él se aburría pronto y buscaba otra. Pasado el susto de la elección de Jeanne
Poisson, los cortesanos se convencieron de que aquello no podía durar; de que el monarca
sólo la había escogido por la novedad de tener una amante de clase media. Jamás
imaginaron que la primera seducción del rey por Jeanne no era la última que ella tenía en
mente.
Con el paso del tiempo, el rey se percató de que cada vez visitaba más a su amante.
Mientras subía la escalera secreta que conducía de sus habitaciones a las de ella en el
palacio de Versalles, la expectación por las delicias que le aguardaban arriba empezaba a
trastornarlo. Para comenzar, la habitación siempre estaba caliente, e impregnada de
agradables fragancias. Después estaban los deleites visuales: Madame de Pompadour se
ponía siempre un vestido distinto, todos ellos elegantes y sorprendentes a su manera.
Adoraba las cosas bellas —la porcelana fina, los abanicos chinos, los tiestos dorados—; y
cada vez que él la visitaba, había algo nuevo y fascinante que ver. Ella estaba siempre de
magnífico humor, jamás a la defensiva ni resentida. Todo apuntaba al placer. Luego,
estaba su conversación: en realidad él no había podido hablar, ni reír, nunca antes con una
mujer, pero la marquesa disertaba hábilmente sobre cualquier tema, y era un deleite oír su
voz. Si la conversación decaía, ella se sentaba al piano, tocaba una melodía y cantaba
maravillosamente.
Si alguna vez el rey parecía aburrido o triste, Madame de Pompadour le proponía algún
proyecto, tal vez la construcción de un nueva casa de campo. El tendría que pedir consejo
sobre el diseño, el trazo de los jardines, la decoración. En Versalles, Madame de
Pompadour tomó a su cargo los pasatiempos de palacio, e hizo construir un teatro privado
para ofrecer funciones semanales bajo su dirección. Los actores se elegían de entre los
cortesanos, pero el principal papel femenino recaía siempre en Madame de Pompadour,
quien era una de las mejores actrices aficionadas de Francia. El rey se obsesionó por este
teatro; esperaba sus programas con impaciencia. Junto con este interés llegó un creciente
gasto en las artes, y una vinculación con la filosofía y la literatura. Un hombre al que antes
sólo le importaban la caza y el juego pasaba cada vez menos tiempo con sus allegados, y se
volvió un gran mecenas. Tan es así que marcó una época con su estilo estético, que se
conocería como "Luis XV" y rivalizaría con el asociado con su ilustre predecesor, Luis
XIV.
Así, pues, los años pasaron sin que Luis se cansara de su amante. De hecho, la hizo
duquesa, y su poder y ascendiente se extendieron de la cultura a la política. A lo largo de
veinte años, Madame de Pompadour imperó tanto en la corte como en el corazón del rey,
hasta la prematura muerte de éste, en 1764, a los cuarenta y tres años de edad.
Luis XV tenía un agudo complejo de inferioridad. Sucesor de Luis XIV, el rey más
poderoso en la historia de Francia, había sido educado y condicionado para el trono, pero
¿quién podía igualar a su predecesor? Con el tiempo dejó de intentarlo, y se entregó a los
placeres mundanos, lo que a la postre definió su imagen pública; quienes lo rodeaban
sabían que podían manipularlo apelando a las más innobles partes de su carácter.
Madame de Pompadour, con un extraordinario don para la seducción, comprendió que
dentro de Luis XV había un gran hombre deseoso de salir a la luz, y que su obsesión por
jóvenes hermosas indicaba una avidez por un tipo más perdurable de belleza. Su primer
paso fue remediar el tedio incesante del monarca. Los reyes se aburren fácilmente: reciben
cuanto quieren, y es raro que aprendan a satisfacerse con lo que tienen. La marquesa de
Pompadour resolvió esto dando vida a todo género de fantasías, y creando invariable
suspenso. Poseía muchos talentos y habilidades, y tos utilizaba con tal ingenio que él nunca
percibió sus límites. Una vez que ella lo acostumbró a placeres más refinados, apeló a los
ideales frustrados en él; en el espejo que ella sostenía ante el monarca, él vio su aspiración
a la grandeza, deseo que, en Francia, inevitablemente incluía la conducción de la cultura.
Su serie previa de amantes había complacido sólo sus deseos sensuales. En Madame de
Pompadour halló a una mujer que lo hacía sentir grande. Las demás amantes fueron
fáciles de remplazar, pero jamás encontraría a otra Madame de Pompadour.
La mayoría de la gente supone ser más grande de lo que parece ante el mundo. Tiene
muchos ideales sin cumplir: podría ser artista, pensadora, líder, una figura espiritual, pero
el mundo la ha oprimido, le ha negado la oportunidad de dejar florecer sus habilidades.
Ésta es k clave para seducirla, y conservarla así al paso del tiempo. El amante ideal sabe
invocar este tipo de magia. Si sólo apelas al lado físico de las personas, como lo hacen
muchos seductores aficionados, te reprocharán que explotes sus bajos instintos. Pero apela
a lo mejor de ellas, a un plano más alto de belleza, y apenas si notarán que las has
seducido. Hazlas sentir elevadas, nobles, espirituales, y tu poder sobre ellas será ilimitado.
El amor saca a la luz las cualidades nobles y ocultas del amante, sus rasgos raros y
excepcionales; así, tiende a mentir acerca de su carácter normal.
—Friedrich Nietzsche.
CLAVES DE PERSONALIDAD.
Cada uno de nosotros lleva dentro un ideal, de lo que querríamos ser o de cómo nos
gustaría que otra persona fuera con nosotros. Este ideal data de nuestra más tierna
infancia: de lo que alguna vez creímos que nos faltaba en la vida, de lo que los demás no
nos daban, de lo que nosotros no podíamos darnos. Quizá nos vimos colmados de
comodidades, y ahora ansiamos peligro y rebelión. Si queremos peligro pero nos asusta, es
probable que busquemos a alguien que se siente a gusto con él. O quizá nuestro ideal sea
más elevado: queremos ser más creativos, nobles y bondadosos de lo que alguna vez
fuimos. Nuestro ideal es algo que creemos que falta en nuestro interior.
Podría ser que ese ideal haya sido enterrado por la decepción, pero acecha debajo de ella,
a la espera de ser liberado. Si alguien parece poseer esa cualidad ideal, o ser capaz de
hacerla surgir en nosotros, nos enamoramos. Esta es la reacción ante los amantes ideales.
Sensibles a lo que nos falta, a la fantasía que nos reanimará, ellos reflejan nuestro ideal, y
nosotros hacemos el resto, proyectando en ellos nuestros más profundos deseos y anhelos.
Casanova y Madame de Pompadour no sólo tentaron a sus objetivos a tener una aventura
sexual: hicieron que se enamoraran de ellos.
La clave para seguir la senda del amante ideal es la capacidad de observación. Ignora las
palabras y conducta consciente de tus blancos; concéntrate en su tono de voz, un sonrojo
aquí, una mirada allá: las señales que delatan lo que sus palabras no dirán. El ideal suele
expresarse en su contrario. Al rey Luis XV parecía interesarle nada más cazar venados y
mujeres, pero eso sólo encubría lo decepcionado que estaba de sí mismo; ansiaba que
alguien elogiara sus nobles cualidades.
Nunca como hoy había sido tan oportuno actuar como el amante ideal. Esto es así porque
vivimos en un mundo en el que todo debe parecer elevado y bien intencionado. El poder es
el tema más tabú de todos: aunque es la realidad con que todos los días nos topamos en
nuestro forcejeo con la gente, en él no hay nada noble, altruista ni espiritual. Los amantes
ideales te hacen sentir más estimable, hacen que lo sensual y sexual parezca espiritual y
estético. Como todo seductor, juegan con el poder, pero ocultan sus manipulaciones tras la
fachada de un ideal. Pocas personas perciben sus intenciones, y su seducción es más
duradera.
Algunos ideales semejan arquetipos junguianos: tienen profundas raíces culturales, y su
influjo es casi inconsciente. Uno de tales sueños es el del caballero andante. En la tradición
del amor cortesano de la Edad Media, un trovador/caballero buscaba una dama, casi
siempre casada, y le servía como vasallo. Se sometía en su favor a terribles pruebas,
emprendía peligrosas peregrinaciones en su nombre, sufría torturas espantosas para
probar su amor. (Esto podía incluir la mutilación física, como arrancar las uñas, cortar
una oreja, etcétera.) También escribía poemas y entonaba bellas canciones por ella, porque
ningún trovador podía triunfar sin una cualidad estética o espiritual para impresionar a
su dama. La clave de este arquetipo es un sentido de devoción absoluta. Un hombre que no
permite que los asuntos de -guerra, gloria o dinero se inmiscuyan en la fantasía del
cortejo, tiene un poder ilimitado. El papel del trovador es un ideal, porque es muy raro
que alguien no ponga primero sus intereses, y a sí mismo. Atraer la intensa atención de un
hombre así halaga enormemente la vanidad de una mujer.
En la Osaka del siglo xviii, un hombre llamado Nisan llevó a dar un paseo a la cortesana
Dewa, aunque no sin antes haber tenido el cuidado de rociar las matas de tréboles del
camino con agua, para que pareciera el rocío de la mañana. A Dewa le conmovió en
extremo esa vista preciosa. "Me han dicho", señaló, "que las parejas de ciervos
acostumbran echarse detrás de las matas de tréboles. ¡Cómo me gustaría ver algo así!"
Esto bastó para Nisan. Ese mismo día, hizo demoler una sección de la casa de Dewa, y
ordenó que se plantaran docenas de matas de tréboles en lo que antes había sido parte de
su recámara. Aquella noche pidió a unos campesinos que reuniesen ciervos de las
montañas y los llevaran a la casa. Al día siguiente al despertar, Dewa vio justó la escena
que había descrito. Tan pronto como pareció abrumada y estremecida, él hizo retirar
tréboles y ciervos para reconstruir la casa.
Uno de los amantes más gallardos de la historia, Serguei Saltikov, tuvo la desgracia de
enamorarse de una de las mujeres menos disponibles: la gran duquesa Catalina, futura
emperatriz de Rusia. Cada movimiento de Catalina era vigilado por su esposo, Pedro,
quien sospechaba que ella quería engañarlo y designó sirvientes para que no la perdieran
de vista. La duquesa estaba aislada, no era amada y no podía hacer nada para remediarlo.
Saltikov, joven y apuesto oficial del ejército, decidió ser su salvador. En 1752 se hizo amigo
de Pedro, y de la pareja a cargo de Catalina. Así podía verla, e intercambiar
ocasionalmente con ella una o dos palabras que revelaban sus intenciones. Realizaba las
más insensatas y peligrosas maniobras para poder verla a solas, como desviar el caballo de
la duquesa durante una caza imperial y cabalgar bosque adentro con ella. Entonces le
decía cuánto comprendía su difícil situación, y que haría cualquier cosa por ayudarla.
Ser sorprendido cortejando a Catalina habría significado la muerte, y con el tiempo Pedro
llegó a sospechar que había algo entre su esposa y Saltikov, aunque jamás lo supo a ciencia
cierta. Su animadversión no desanimó al garboso oficial, quien puso aún más ingenio y
energía en buscar recursos para concertar citas secretas. Catalina y Saltikov fueron
amantes dos años, y es indudable que él fue el padre de Pablo, el hijo de Catalina y
posterior emperador de Rusia. Cuando Pedro se deshizo al fin de Saltikov despachándolo
a Suecia, la noticia de su gallardía llegó allá antes que él, y las mujeres se derretían por ser
su próxima conquista. Tal vez tú no tengas que exponerte a tantas dificultades o riesgos,
pero siempre obtendrás recompensas por actos que revelen un sentido de sacrificio o
devoción.
La personificación del amante ideal en la década de 1920 fue Rodolfo Valentino, o al
menos la imagen que de él se creó en el cine. Todo lo que hacía —obsequio de regalos o
ramos de flores, el baile, la forma en que tomaba la mano de una mujer— revelaba una
escrupulosa atención a los detalles, lo que indicaba cuánto pensaba en una mujer. La
imagen era la de un hombre que prolongaba el cortejo, lo que hacía de éste una
experiencia estética. Los hombres odiaban a Valentino, porque las mujeres empezaron a
esperar que ellos se ajustaran al ideal de paciencia y atención que él representaba. Pues
nada es más seductor que la paciente atención. Ella hace que la aventura parezca honrosa,
estética, no meramente sexual. El poder de un Valentino, en particular en nuestros días,
reside en que personas así son muy raras. El arte de encarnar el ideal de una mujer ha
desaparecido casi del todo, lo que no hace sino volverlo mucho más tentador.
Si el amante caballeroso sigue siendo el ideal de las mujeres, los hombres suelen idealizar a
la virgen/ramera, una mujer que combina la sensualidad con un aire de espiritualidad o
inocencia. Piensa en las grandes cortesanas del Renacimiento italiano, como Tullía
d'Aragona, en esencia una prostituta como todas las cortesanas, pero capaz de disimular
su papel social creándose fama de poeta y filósofa. Tullía era lo que se decía entonces una
"cortesana honorable". Las cortesanas honorables iban a la iglesia, pero tenían un motivo
oculto al hacerlo:
I para los hombres, su presencia en misa era excitante. Sus aposentos eran templos del
placer, pero lo que los hacía visualmente agradables eran sus obras de arte y estanterías
llenas de libros, volúmenes de Petrarca y Dante. Para el hombre, el escalofrío, la fantasía,
era acostarse con una mujer sexualmente apasionada, pero que tuviera asimismo las
cualidades ideales de una madre y el espíritu e intelecto de una artista. Mientras que la
prostituta pura excitaba el deseo pero también la aversión, la cortesana honorable hacía
que el sexo pareciera elevado e inocente, como si ocurriera en el Jardín del Edén. Estas
mujeres ejercían inmenso poder en los hombres. Hasta la fecha siguen siendo un ideal, si
no por otra cosa, por ofrecer tal gama de placeres. La clave es en este caso la ambigüedad:
combinar la apariencia de delicadeza y los placeres de la carne con un aire de inocencia,
espiritualidad y sensibilidad poética. Esta mezcla de lo supremo y lo abyecto es
extremadamente seductora.
La dinámica del amante ideal tiene posibilidades ilimitadas, no todas ellas eróticas. En
política, Talleyrand cumplió en esencia el papel de amante ideal de Napoleón, cuyo ideal
tanto de ministro como de amigo era un aristócrata desenvuelto con las damas, todo lo
contrario a él mismo. En 1798, cuando Talleyrand era ministro del Exterior de Francia,
ofreció una fiesta en honor de Napoleón luego de las deslumbrantes victorias militares del
gran general en Italia. Hasta el día de su muerte, Napoleón recordó esa fiesta como la
mejor a la que hubiera asistido en su vida. Fue espléndida, y el anfitrión entretejió en ella
un mensaje sutil, disponiendo bustos romanos por toda la casa y diciendo a Napoleón que
era su deber reanimar las glorias imperiales de la antigua Roma. Esto encendió una chispa
en la visión del líder y, en efecto, años después, Napoleón se otorgó el título de emperador,
lo que volvió aún más poderoso a Talleyrand. La clave de este poder fue la habilidad para
comprender el ideal secreto de Napoleón: su deseo de ser emperador, dictador. Talleyrand
puso sencillamente un espejo ante el tirano, y le dejó avistar esa posibilidad. La gente
siempre es vulnerable a insinuaciones así, que halagan su vanidad, punto débil de casi
todos. Sugiérele algo a lo que deba aspirar, manifiesta tu fe en un desaprovechado
potencial que veas en ella, y pronto la tendrás comiendo de tu mano. Si los amantes ideales
son expertos en seducir a las personas apelando a su más alto concepto de sí, a algo
perdido en su infancia, los políticos pueden beneficiarse de la aplicación de esta habilidad
a gran escala, al electorado entero. Esto fue lo que hizo, muy deliberadamente, John F.
Kennedy con el pueblo estadunidense, en particular al crear el aura de "Camelot" en
torno suyo. El término "Camelot" no se asoció con su periodo presidencial hasta después
de su muerte, pero el romanticismo que él proyectaba de modo consciente por su juventud
y donaire operó por completo durante su vida. Más sutilmente, Kennedy también jugó con
las imágenes de grandeza e ideales abandonados de Estados Unidos. Muchos
estadunidenses creían que, junto con la riqueza y comodidad de fines de los años
cincuenta, habían llegado grandes pérdidas; que el desahogo y la conformidad habían
puesto fin al espíritu pionero de su nación. Kennedy apeló a esos abandonados ideales
mediante las imágenes de la Nueva Frontera, ejemplificada por la carrera espacial. El
instinto estadunidense de aventura halló salidas ahí, aun si la mayoría eran simbólicas. Y
hubo también otros llamados al servicio público, como la creación del Cuerpo de Paz. Por
medio de llamamientos como éstos, Kennedy reactivó una unificadora noción de misión,
perdida en Estados Unidos desde la segunda guerra mundial. Produjo asimismo una
respuesta más emotiva que la que acostumbraban recibir los presidentes. La gente
literalmente se enamoró de él y de su imagen.
Los políticos pueden obtener poder de seducción si echan mano del pasado de su país, para
rescatar imágenes e ideales olvidados o reprimidos. Les bastará con el símbolo; no tendrán
que preocuparse, en efecto, de recrear la realidad detrás de él. Los buenos sentimientos
que susciten serán suficientes para asegurar una reacción positiva.
Símbolo. El retratista. Bajo su mirada, todas tus imperfecciones físicas desaparecen. Él saca
a relucir tus nobles cualidades, te encuadra en un mito, te diviniza, te inmortaliza. Por su
capacidad para crear tales fantasías, es recompensado con inmenso poder.
PELIGROS.
Los principales peligros en el papel del amante ideal son las consecuencias que se
desprenden de permitir que la realidad se cuele en él. Tú creas una fantasía que implica la
idealización de tu carácter. Y ésta es una tarea incierta, porque eres humano, e imperfecto.
Si tus faltas son graves, o inquietantes, reventarán la burbuja que has formado, y tu
blanco te injuriará. Cada vez que Tullia d'Aragona era sorprendida actuando ..como una
prostituta común (teniendo una aventura por dinero, por ejemplo), debía abandonar la
ciudad y establecerse en otro lado. La fantasía alrededor de ella como figura espiritual se
evaporaba. También Casanova enfrentó este peligro, pero por lo general pudo vencerlo
buscando una manera ingeniosa de terminar la relación antes de que la mujer se diera
cuenta de que él no era lo que ella imaginaba: hallaba algún pretexto para marcharse de la
ciudad o, mejor aún, elegía una víctima que partiría pronto, y cuya conciencia de que la
aventura sería efímera hacía aún más intensa su idealización de él. La realidad y el
contacto íntimo prolongado tienden a empañar la perfección de una persona. En el siglo
XIX, el poeta Alfred de Musset fue seducido por la escritora George Sand, cuya
desbordante personalidad atrajo a su naturaleza romántica. Pero cuando la pareja visitó
Venecia, y Sand enfermó de disentería, de repente no fue ya una figura idealizada, sino
una mujer con un repugnante problema físico. El propio Musset exhibió en ese viaje un
lado plañidero e infantil, y los amantes se separaron. Una vez lejos, sin embargo, pudieron
idealizarse de nuevo, y se reconciliaron meses después. Cuando la realidad se entromete, la
distancia suele ser una solución.
En política, los peligros son similares. Años después de la muerte de Kennedy, una serie de
revelaciones (sus incesantes aventuras sexuales; su estilo diplomático suicida,
excesivamente peligroso, etcétera.) desmintió el mito creado por él. Pero su imagen ha
sobrevivido a esa mancha; una encuesta tras otra indican que sigue siendo objeto de
veneración. Kennedy es quizá un caso especial, pues su asesinato lo volvió mártir, lo cual
reforzó el proceso de idealización que él puso en marcha. Pero el suyo no es el único
ejemplo de un amante ideal cuya atracción sobrevive a revelaciones desagradables; figuras
como ésta desencadenan fantasías tan poderosas, y proporcionan mitos e ideales tan
codiciados, que a menudo merecen un rápido perdón. Aun así, siempre es razonable ser
cauto, y evitar que la gente vislumbre el lado menos ideal de tu carácter.

Arquetipos: parte 2- El libertino.



Una mujer nunca se siente suficientemente deseada y apreciada. Quiere atención, pero
demasiado a menudo él hombre es distraído e insensible. El libertino es una de las grandes
figuras de la fantasía femenina: cuando desea a una mujer, por breve que pueda ser ese
momento, irá hasta el fin del mundo por ella. Puede ser infiel, deshonesto y amoral, pero eso
no hace sino aumentar su atractivo. A diferencia del hombre decente normal, el libertino es
deliciosamente desenfrenado, esclavo de su amor por las mujeres. Está además él señuelo de
su reputación: tantas mujeres han sucumbido a él que debe haber un motivo. Las palabras
son la debilidad de una mujer, y él es un maestro del lenguaje seductor. Despierta el ansia
reprimida de una mujer adaptando a ti la combinación de peligro y placer del libertino.
EL LIBERTINO APASIONADO.
Para la corte de Luis XIV, los últimos años del rey fueron sombríos: el monarca estaba
viejo, y se había vuelto insufriblemente religioso y antipático. La corte se aburría y
desesperaba por alguna novedad. En 1710, por lo tanto, el arribo de un joven de quince
años en extremo apuesto y encantador tuvo un efecto particularmente intenso en las
damas. Se apellidaba Fronsac, y sería el futuro duque de Richelieu (sobrino nieto del
perverso cardenal Richelieu). Era insolente e ingenioso. Las damas jugueteaban con él,
pero en correspondencia el duque besaba sus labios, mientras sus manos se aventuraban
lejos para un muchacho inexperto. Cuando esas manos se extraviaron faldas arriba de una
duquesa no tan indulgente, el rey enfureció, y envió al joven a la Bastilla para darle una
lección. Sin embargo, las damas, para quienes había sido tan divertido, no soportaron su
ausencia. En comparación con los estirados de la corte, tenía una osadía increíble, ojos
penetrantes y manos más rápidas de lo conveniente. Nada podía detenerlo; su novedad fue
irresistible. Las damas de la corte imploraron, y su estancia en la Bastilla se interrumpió.
Años después, la joven Mademoiselíe de Vaíois paseaba en un parque de París con su
dama de compañía, una anciana que jamás se apartaba de ella. Su padre, el duque de
Orleans, había resuelto proteger a la menor de sus hijas contra los seductores de la corte
hasta que ella pudiera casarse, así que le había asignado esa dama de compañía, mujer de
impecable virtud y amargura. En aquel parque, sin embargo, Mademoiselíe de Valois vio
que un joven la miraba, y prendía fuego a su corazón. El pasó de largo, pero su mirada fue
clara e intensa. La dama de compañía le dijo quién era: el infame duque de Richelieu,
blasfemo, enamoradizo y seductor. Alguien a quien evitar a toda costa.
Días más tarde, la dama condujo a Mademoiselíe de Valois a otro parque, y he aquí que
Richelieu volvió a cruzarse en su camino. Esta vez iba disfrazado de mendigo, pero su
modo de mirar era inconfundible. Mademoiselíe de Valois le devolvió la mirada: al menos
algo interesante en su vida monótona. Dada la severidad de su padre, ningún hombre se
había atrevido a acercársele. Y ahora ese cortesano famoso la perseguía, ¡a ella en lugar de
cualquier otra dama de la corte! ¡Qué emoción! Él le haría llegar pronto, a escondidas,
hermosos mensajes en los que expresaba su incontrolable deseo por ella. Mademoiselle de
Valois respondía tímidamente, pero en poco tiempo esos mensajes eran lo único por lo que
vivía. En uno de ellos, el duque le prometió disponerlo todo si ella pasaba una noche con
él; creyendo imposible esto, a ella no le importó seguirle el juego y aceptar su atrevida
propuesta.
Mademoiselíe de Valois tenía una doncella, llamada Angélique, que la desvestía antes de
acostarse y que dormía en un cuarto contiguo. Una noche, mientras su dama de compañía
tejía, Mademoiselíe de Valois distrajo su lectura y vio a Angélique llevando su ropa de
cama a la habitación; pero, contra su costumbre, Angélique se volvió y le sonrió: ¡Era
Richelieu, magistralmente disfrazado de la camarera! Mademoiselíe de Valois estuvo a
punto de gritar de susto, pero se contuvo, percatándose del peligro en que se hallaba: si
decía algo, su familia se enteraría de los mensajes, y de su participación en el asunto. ¿Qué
podía hacer? Decidió ir a su habitación y disuadir al joven duque de su maniobra,
ridículamente peligrosa. Así, deseó buenas noches a su dama de compañía; pero una vez en
su recámara, sus planeadas palabras fueron inútiles. Cuando trató de razonar con
Richelieu, él respondió con esa mirada suya, y la tomó entre sus brazos. Ella no podía
gritar, pero no sabía qué hacer tampoco. Las impetuosas palabras de él, sus caricias, el
peligro de todo: su cabeza le daba vueltas, estaba perdida. ¿Qué eran la virtud y su
aburrimiento de antes comparados con una noche con el libertino más conocido de la
corte? Así, mientras la dama de compañía tejía a lo lejos, el duque la inició en los rituales
del libertinaje.
Meses después, el padre de Mademoiselíe de Valois tuvo razones para sospechar que
Richelieu había penetrado sus líneas defensivas. La dama de compañía fue despedida y las
precauciones redobladas. Orleans no comprendió que para Richelieu esas medidas eran
un desafío, y el duque vivía para los desafíos. Compró la casa de al lado, bajo nombre
falso, y abrió una puerta secreta en la pared misma que daba a la alacena de Orleans. En
esta alacena, y a lo largo de los meses siguientes —hasta que la novedad se agotó—,
Mademoiselíe de Valois y Richelieu disfrutaron de citas interminables.
Todos en París sabían de las proezas de Richelieu, pues él se encargaba de divulgarlas lo
más ruidosamente posible. Cada semana, una nueva anécdota circulaba en la corte. Un
hombre había encerrado una noche a su esposa en una habitación del piso de arriba,
preocupado de que el duque anduviera tras ella; para reunirse con la dama, el duque se
había arrastrado a oscuras por una frágil tabla suspendida entre dos ventanas de pisos
superiores. Dos mujeres que vivían en una misma casa, una viuda, la otra casada y muy
religiosa, habían descubierto, para su mutuo horror, que el duque las enamoraba al mismo
tiempo, dejando a una durante la noche para estar con la otra. Cuando se lo reclamaron,
Richelieu, siempre al acecho de algo nuevo y dueño de una labia endemoniada, no se
disculpó ni retractó, sino que procedió a convencerlas de un ménage á trois,
aprovechándose de la vanidad herida de cada una de ellas, que no soportaban la idea de
f que prefiriera a la otra. Año tras año aumentaban las notables historias de seducción del
duque. Una mujer admiraba su audacia y valor, otra su gallardía para contrariar a un
esposo. Las mujeres competían por su atención: si él no quería seducirlas, tenía que haber
algo malo en ellas. Ser el blanco de sus atenciones se volvió una grandiosa fantasía. Una
vez, dos damas sostuvieron un duelo de pistolas por él, y una de ellas resultó gravemente
herida. La duquesa de Orleans, su más implacable enemiga, escribió: "Si creyera en la
brujería, pensaría que el duque posee un secreto sobrenatural, pues nunca he conocido
una mujer que le haya opuesto la menor resistencia".
En la seducción suele presentarse un dilema: para seducir, es necesario planear y calcular;
pero si la víctima sospecha de motivos ocultos en la otra parte, se pondrá a la defensiva.
No obstante, si el seductor parece imponerse, inspirará miedo en lugar de deseo. El
libertino apasionado resuelve este dilema de forma muy astuta. Por supuesto que debe
calcular y planear; debe hallar la manera de eludir al marido celoso, o al obstáculo de que
se trate. Esta es una labor agotadora. Pero, por naturaleza, el libertino apasionado
también tiene la ventaja de una libido incontrolable. Cuando persigue a una mujer,
realmente arde en deseos por ella; la víctima lo siente y hierve a su vez, aun a pesar de sí
misma. ¿Cómo podría imaginar que él es un seductor desalmado que la abandonará,
6Íendo que ha afrontado tan fervientemente todos los peligros y obstáculos para
conseguirla? Y aun si ella está al tanto de su pasado deshonroso, de su amoralidad
incorregible, eso no importa, porque también conoce su debilidad. El no puede
controlarse; más aún, es esclavo de todas las mujeres. Por consiguiente, no inspira temor.
El libertino apasionado nos da una lección simple: el deseo intenso ejerce un poder
perturbador en una mujer, como el de la presencia física de la sirena en un hombre. Una
mujer suele estar a la defensiva, y puede percibir falta de sinceridad o cálculo. Pero si se
siente consumida por tus atenciones, y está segura de que harás cualquier cosa por ella, no
verá en ti nada más, o encontrará la manera de perdonar tus indiscreciones. Esta es la
excusa perfecta para un seductor. La clave es no exhibir el menor titubeo, dejar toda
inhibición, soltarte, demostrar que no te es posible controlarte y que, en esencia, eres débil.
No te preocupes de inspirar desconfianza; en tanto seas esclavo de sus encantos, ella no
pensará en lo que viene después.
EL LIBERTINO DEMONIACO.
A principios de la década de 1880, algunos miembros de la alta sociedad romana
comenzaron a hablar de un joven periodista de reciente aparición, un tal Gabriele
D'Annunzio. Esto era de suyo extraño, porque la realeza italiana despreciaba
enormemente a todo aquel que no pertenecía a su círculo, y un reportero de sociales era
casi tan vulgar como indigno. Los hombres de alta cuna, en efecto, le prestaban poca
atención. D'Annunzio no tenía dinero, y apenas unas cuantas relaciones, pues procedía de
un ambiente de estricta clase media. Además, para ellos era soberanamente feo: bajo,
fornido, de tez oscura y picada y ojos saltones. Los hombres lo juzgaban tan poco atractivo
que le permitían de buena gana circular entre sus esposas e hijas, seguros de que sus
mujeres estaban a salvo con ese adefesio y felices de poder librarse de tal cazador de
chismes. No, no eran los hombres quienes hablaban de D'Annunzio; eran sus esposas.
Presentadas a D'Annunzio por sus maridos, aquellas duquesas y marquesas terminaron
invitando a ese hombre de apariencia extraña; y cuando estaba a solas con ellas, su actitud
cambiaba repentinamente. En cuestión de minutos, las damas estaban embelesadas. Para
comenzar, D'Annunzio tenía la voz más maravillosa que ellas hubieran oído jamás: baja y
grave, con articulación silabeada, ritmo fluido y entonación casi musical. Una mujer la
compararía con campanarios repicando a lo lejos. Otras decían que esa voz poseía un
efecto "hipnótico". También las palabras que emitía eran interesantes: fiases aliteradas,
locuciones preciosas, imágenes poéticas y un modo de elogiar capaz de derretir el corazón
de una mujer. D'Annunzio había alcanzado el dominio del arte de adular. Parecía conocer
la debilidad de cada mujer, a una la llamaba diosa de la naturaleza; a otra, incomparable
artista en ciernes; a otra más, figura romántica salida de las páginas de un novela. El
corazón de una mujer latía con fuerza mientras el periodista describía el efecto que ella
ejercía en él. Todo era sugerente, y aludía a sexo o romance. En la noche, ella ponderaba
sus palabras, y recordaba poco de lo que él había dicho, porque nunca decía nada
concreto, pero mucho de lo que le había hecho sentir. Al día siguiente, esa mujer recibía de
él un poema que parecía haber escrito especialmente para ella. (En realidad D'Annunzio
escribía docenas de poemas similares, cada uno de los cuales adaptaba a su víctima
prevista.)
Luego de varios años de haberse iniciado como reportero de sociales, D'Annunzio se casó
con la hija del duque y la duquesa de Gállese. Poco después, con el firme apoyo de damas
de sociedad, empezó a publicar novelas y libros de poesía. La cantidad de sus conquistas
era notable, pero la calidad también: no sólo marquesas caían a sus pies, sino, asimismo,
grandes artistas, como la actriz Eleonora Duse, quien lo ayudó a convertirse en respetado
dramaturgo y celebridad literaria. La bailarina Isadora Duncan, otra mujer que acabó
cayendo bajo su hechizo, explicaría su magia: "Gabriele D'Annunzio es quizá el mejor
amante de nuestro tiempo. Y esto pese a que sea de baja estatura, calvo y feo (excepto
cuando la cara se le ilumina de entusiasmo). Sin embargo, cuando se dirige a una mujer
que es de su gusto, su rostro se transfigura, y él se convierte de súbito en Apolo. [...] Su
efecto en las mujeres es sorprendente. La dama que lo escucha siente de pronto que su
espíritu mismo y su ser se elevan".
Al estallar la primera guerra mundial, D'Annunzio, entonces de cincuenta y dos años, se
alistó en el ejército. Aunque carecía de experiencia militar, tendía al dramatismo, y ardía
en deseos de mostrar su valor. Aprendió a volar, y dirigió misiones peligrosas, aunque muy
eficaces. Al fin de la guerra, era el héroe más condecorado de Italia. Sus hazañas lo
volvieron gloria nacional y, tras la guerra, fuera de su hotel se congregaban multitudes, en
cualquier ciudad italiana. El les hablaba de política desde un balcón, y clamaba contra el
gobierno italiano en turno. A un testigo de uno de sus discursos, el escritor estadunidense
Walter Starkie, le decepcionó en principio el aspecto del famoso D'Annunzio en un balcón
en Venecia: era menudo, y parecía grotesco. "Sin embargo, poco a poco comencé a caer
bajo la fascinación de su voz, que penetraba en mi conciencia [...] Nunca un gesto
apresurado, brusco [...] Pulsó las emociones de la multitud como lo haría un consumado
violinista con un Stradivarius. Los ojos de miles estaban fijos en él, como hipnotizados por
su poder." El sonido de su voz y las poéticas connotaciones de sus palabras eran también
lo que seducía a las masas. Con el argumento de que la Italia moderna debía reclamar la
grandeza del imperio romano, D'Annunzio inventaba consignas que el público coreaba, o
hacía preguntas de intensa carga emocional. Halagaba a la multitud, la hacía sentir parte
de un drama. Todo era vago y sugestivo.
El tema del momento era la posesión de la ciudad de Fiume, justo al otro lado de la
frontera, en la vecina Yugoslavia. Muchos italianos creían que el premio a su país por
haberse unido a los aliados en la guerra debía ser la anexión de Fiume. D'Annunzio
defendía esta causa; y dada su condición de héroe de guerra, el ejército estaba listo para
apoyarlo, aunque el gobierno se oponía a toda acción. En septiembre de 1919, rodeado de
soldados, D'Annunzio dirigió su infausta marcha sobre Fiume. Cuando un general italiano
lo detuvo en el camino y amenazó con dispararle, el poeta se abrió el abrigo para exhibir
sus medallas y exclamó, con magnética voz: "Si ha de matarme, ¡apunte aquí!". Atónito, el
general rompió a llorar. Se unió a D'Annunzio.
Cuando el poeta entró a Fiume, se le recibió como libertador. Al día siguiente fue
declarado jefe del Estado Libre de Fiume. Pronto pronunciaba discursos todos los días
desde un balcón en la plaza principal de la ciudad, hechizando a decenas de miles sin el
auxilio de altavoces. Iniciaba toda clase de celebraciones y rituales rememorando el
imperio romano. Los ciudadanos de Fiume dieron en imitarlo, en particular sus proezas
sexuales; la urbe se convirtió en un burdel gigantesco. El era tan popular que el gobierno
italiano llegó a temer una marcha sobre Roma, la que, de haberse efectuado en ese
momento, teniendo D'Annunzio el apoyo de gran parte del ejército, habría podido
culminar exitosamente. El poeta habría aventajado así a Mussolini, y cambiado el curso de
la historia. (No era fascista, sino una suerte de esteta socialista.) Pero decidió quedarse en
Fiume, que gobernó durante dieciséis meses, hasta que el régimen italiano lo derribó al fin,
a fuerza de bombas.
La seducción es un proceso psicológico que trasciende el género, salvo en el par de áreas
clave en que cada género tiene su propia debilidad. El hombre es tradicionalmente
vulnerable a lo visual. La sirena capaz de inventarse la apariencia física indicada seducirá
en grandes cantidades. La debilidad de las mujeres son el lenguaje y las palabras; como
escribió la actriz francesa Simone, una de las víctimas de D'Annunzio: "¿Cómo podrían
explicarse las conquistas [del poeta] sino por su extraordinario poder verbal y el timbre
musical de su voz, puesta al servicio de una excepcional elocuencia? Porque mi sexo es
susceptible a las palabras, lo embrujan, quiere ser dominado por ellas".
El libertino es tan promiscuo con las palabras como con las mujeres. Elige términos por su
aptitud para sugerir, insinuar, hipnotizar, elevar, contagiar. Las palabras del libertino
equivalen al aderezo corporal de la sirena: son un poderoso entretenimiento sensual, un
narcótico. El libertino usa demoniacamente el lenguaje porque no lo concibe para
comunicar o transmitir información, sino para persuadir, halagar y causar confusión
emocional, tal como la serpiente en el jardín del Edén se sirvió de palabras para hacer
caer a Eva en tentación.
El caso de D'Annunzio pone de manifiesto el vínculo entre el libertino erótico, que seduce
a las mujeres, y el libertino político, que seduce a las masas. Ambos dependen de las
palabras. Adapta a tu propia situación la personalidad del libertino y descubrirás que el
uso de las palabras como sutil veneno tiene infinitas aplicaciones. Recuerda: lo que
importa es la forma, no el contenido. Cuanto menos reparen tus víctimas en lo que dices y
más en lo que les haces sentir, tanto más seductor será tu efecto. Da a tus palabras un
elevado sabor espiritual y literario, el mejor para insinuar deseo en tus involuntarias
presas.
Pero ¿cuál es entonces esta fuerza con que Don Juan seduce? Es el deseo, la energía del
deseo sensual. El desea en cada mujer la totalidad de la feminidad. La reacción a esta pasión
gigantesca embellece y desarrolla a la persona deseada, la cual se enciende en acrecentada
hermosura al reflejarlo. Así como el fuego del entusiasta ilumina con fascinante esplendor
aun a quienes traban con él una relación casual, así Don Juan transfigura en un sentido
mucho más profundo a cada mujer.
—Saren Kierkegaard, O esto o aquello.
CLAVES DE PERSONALIDAD.
En principio podría parecer extraño que un hombre visiblemente deshonesto, infiel y sin
interés en el matrimonio atraiga a una mujer. Pero a lo largo de la historia, y en todas las
culturas, este tipo ha tenido un efecto implacable. El libertino ofrece lo que la sociedad no
permite normalmente a las mujeres: una aventura de placer absoluto, un excitante roce
con el peligro. Una mujer suele sentirse agobiada por el papel que se espera de ella. Se
supone que debe ser una delicada fuerza civilizadora de la sociedad, y anhelar
compromiso y lealtad de por vida. Pero, a menudo, su matrimonio y relaciones no le
brindan romance ni devoción, sino rutina y una pareja invariablemente distraída. Es por
eso que persiste la fantasía femenina de un hombre capaz de entregarse por entero; un
hombre que viva para la mujer, así sea sólo un instante.
Este reprimido lado oscuro del deseo femenino halló expresión en la leyenda de Don Juan.
Al principio, esta leyenda fue una fantasía masculina: el caballero audaz que podía tener
todas las mujeres que quisiera. Pero en los siglos XVII y XVIII, Don Juan transitó lentamente
del aventurero masculino a una versión más feminizada: un hombre que sólo vivía para
las mujeres. Esta evolución fue producto del interés de las mujeres en ese argumento, y
resultado de sus deseos frustrados. El matrimonio era para ellas una forma de
servidumbre por contrato; pero Don Juan ofrecía placer por el placer mismo, un deseo sin
condiciones. Cuando una mujer se cruzaba en su camino, él no pensaba más que en ella.
Su deseo era tan fuerte que ella no tenía tiempo de pensar ni preocuparse por las
consecuencias. Él llegaba de noche, concedía un momento inolvidable y desaparecía. Quizá
para entonces ya había conquistado a miles de mujeres, pero eso no hacía sino volverlo
más interesante; el abandono era mejor que no ser deseada por un hombre así.
Los grandes seductores no ofrecen los apacibles placeres que la sociedad aprueba. Tocan el
inconsciente de una persona, los deseos reprimidos que claman por ser liberados. No creas
que las mujeres son las criaturas frágiles que a algunos les gustaría que fueran. Como a los
hombres, también a ellas les atrae enormemente lo prohibido, lo peligroso, incluso lo un
tanto perverso. (Don Juan termina yéndose al infierno, y la palabra raice [libertino, en
inglés] se deriva de rakehell, el hombre que rastrilla el carbón en el infierno; el
componente diabólico es parte importante de esta fantasía.) Recuerda siempre: para
actuar como libertino, debes transmitir una sensación de oscuridad y riesgo, con objeto de
sugerir a tu víctima que participa de algo raro y estremecedor —una oportunidad para
satisfacer sus propios deseos lascivos.
Para actuar como libertino, el requisito más obvio es la capacidad de soltarte, de atraer a
una mujer al periodo puramente sexual en que pasado y futuro pierden sentido. Debes
poder abandonarte al momento. (Cuando el libertino Valmont —basado en el duque de
Richelieu—, en la novela epistolar de Lacios del siglo XVIII, Las amista des peligrosas,
escribe cartas evidentemente calculadas para tener cierto efecto en su víctima selecta,
Madame de Tourvel, ella adivina a todas luces sus intenciones; pero cuando esas cantas la
hacen arder de pasión, empieza a ceder.) Un beneficio adicional de esta cualidad es que te
hace parecer incapaz de controlarte, muestra de debilidad que agrada a una mujer. Al
abandonarte a la seducida, le haces creer que sólo existes para ella, sensación que refleja
una verdad, por temporal que sea. La mayoría de las centenas de mujeres que Pablo
Picasso, consumado libertino, sedujo al paso de los años tuvieron la sensación de ser las
únicas que él en verdad amaba.
Al libertino jamás le preocupa que una mujer se le resista, ni, en realidad, ningún otro
obstáculo en su camino: un marido, una barrera física. La resistencia no hace otra cosa
que espolear su deseo, incitarlo aún más. Cuando Picasso seducía a Francpise Gilot, le
rogó que se resistiera; necesitaba resistencia para incrementar la emoción. En todo caso,
un obstáculo en tu camino te brinda la oportunidad de demostrar tu valía, tanto como la
creatividad que pones en las cosas del amor. En la novela japonesa del siglo XI, La historia
de Genji, de la dama de la corte Murasaki Shikibu, al libertino príncipe Niou no le
inquieta la repentina desaparición de Ukifune, la mujer que ama. Ella ha huido porque,
aunque interesada en el príncipe, está enamorada de otro hombre; sin embargo, su
ausencia permite a Niou hacer hasta lo indecible por encontrarla. Su súbita aparición para
arrebatarla hacia una casa en lo hondo del bosque, y el valor que muestra al hacerlo, la
apabullan. Recuerda: si no enfrentas resistencias y obstáculos, debes crearlos. La
seducción no puede avanzar sin ellos.
El libertino es una personalidad extrema. Descarado, sarcástico e ingenioso, lo que piensen
los demás no le importa. Paradójicamente, esto no hace sino volverlo más seductor. En la
cortesana atmósfera de Hollywood, en la época del imperio de los estudios, cuando la
mayoría de los actores se portaban como borreguitos, el gran libertino Errol Flynn destacó
por su insolencia. Desafiaba a los directores de los estudios, hacía bromas inmoderadas y
se deleitaba en su reputación de supremo seductor de Hollywood, todo lo cual aumentó su
popularidad. El libertino precisa de un telón de fondo convencional —una corte
anquilosada, un matrimonio aburrido, una cultura conservadora— para brillar, para ser
apreciado por la bocanada de aire fresco que aporta. Jamás te preocupes por excederte: la
esencia del libertino es llegar más lejos que nadie.
Cuando el conde de Rochester, el libertino, además de poeta, más famoso de Inglaterra en
el siglo XVU, raptó a Elizabeth Malet, una de las damas jóvenes más asediadas de la corte,
se le castigó debidamente. Pero he aquí que, años después, la joven Elizabeth, aunque
cortejada por los mejores partidos del país, eligió a Rochester por esposo. Al exhibir su
atrevido deseo, él se distinguió del montón.
La radicalidad del libertino va aparejada con la sensación de peligro y tabú, e incluso el
dejo de crueldad que lo rodea. Éste fue el atractivo de otro libertino y poeta, uno de los
mayores impudentes de la historia: Lord Byron. Byron aborrecía todas las convenciones, y
lo demostraba sobrada y gustosamente. Cuando tuvo una aventura con su hermanastra,
quien le dio un hijo, se aseguró de que toda Inglaterra lo supiera. Podía ser en extremo
cruel, como lo fue con su esposa. Pero todo esto no hacía sino volverlo mucho más
deseable. Peligro y tabú apelan a un lado reprimido en las mujeres, las que supuestamente
deben representar una fuerza cultural civilizadora y moralizante. Así como un hombre
puede caer víctima de la sirena por su deseo de liberarse de su masculino sentido de
responsabilidad, una mujer puede sucumbir al libertino por su anhelo de liberarse de las
restricciones de la virtud y la decencia. Es frecuente, en efecto, que la mujer más virtuosa
sea la que se enamore en mayor grado del disoluto.
Entre las cualidades más seductoras del libertino está su habilidad para lograr que las
mujeres deseen reformarlo. ¡Cuántas no creyeron que domarían a Lord Byron! ¡Cuántas
no pensaron ser aquella con la que Picasso pasaría finalmente el resto de su vida! Explota
esta tendencia al máximo. Cuando te sorprendan en flagrante libertinaje, echa mano de tu
debilidad: tu deseo de cambiar, y tu imposibilidad de conseguirlo. Con tantas mujeres a
tus pies, ¿qué puedes hacer? La víctima eres tú. Necesitas ayuda. Ninguna mujer dejará
pasar esta oportunidad; son singularmente indulgentes con el libertino, por su prestancia y
simpatía. El deseo de reformarlo esconde la verdadera naturaleza de su deseo, la secreta
emoción que obtienen de él. Cuando Bill Clinton fue pillado en pleno libertinaje, las
mujeres salieron de inmediato en su defensa, y hallaron toda excusa posible en su favor. El
hecho de que, a su extraña manera, el libertino esté consagrado a las mujeres lo vuelve
adorable y seductor para ellas.
Por último, uno de los bienes más preciados del libertino es su fama. Nunca restes
importancia a tu mala reputación, ni parezcas disculparte por ella. Al contrario: acéptala,
auméntala. Ella es la que te atrae mujeres. Son varias las cosas por las que debes ser
conocido: tu irresistible encanto para las mujeres; tu incontrolable devoción al placer (lo
que te hará parecer débil, pero también una compañía excitante); tu desdén por lo
convencional; una vena rebelde que hace que parezcas peligroso. Este último elemento
puede ocultarse un poco; en la superficie sé atento y cortés, pero no dejes de hacer saber
que tras bastidores eres incorregible. El duque de Richelieu divulgaba sus conquistas tanto
como podía, con lo que estimulaba el deseo competitivo de otras mujeres de sumarse al
club de las seducidas. Lord Byron atraía a sus víctimas propicias gracias a su mala fama.
Una mujer puede ser ambivalente ante la fama de Clinton, pero bajo esa ambivalencia hay
un interés profundo. No dejes tu reputación al azar, o al rumor; es tu obra maestra, y
debes producirla, pulirla y exhibirla con la atención de un artista.
Símbolo. Fuego. El libertino arde en deseos que encienden los de la mujer a la que seduce.
Son extremos, incontrolables y peligrosos. Él puede terminar en el infierno, pero las llamas
que lo rodean suelen hacerlo mucho más deseable para las mujeres.
PELIGROS.
Como el de la sirena, el mayor riesgo para el libertino procede de los miembros de su
mismo sexo, mucho menos indulgentes que las mujeres con sus constantes líos de faldas.
Antiguamente, el libertino era con frecuencia aristócrata; y por numerosas que fueran las
personas que ofendía o hasta mataba, al final quedaba sin castigo. Hoy, sólo las estrellas y
los muy ricos pueden hacer de libertinos con impunidad; los demás debemos ser
prudentes.
Elvis Presley era tímido de joven. Pero habiendo llegado pronto al estrellato, y viendo el
poder que esto le daba sobre las mujeres, enloqueció, y se hizo libertino casi de la noche a
la mañana. Como muchos otros de su especie, Elvis tenía predilección por mujeres ya
comprometidas. En numerosas ocasiones se vio acorralado por maridos o novios
furibundos, y se llevó moretones y cortadas. Esto parecería indicar que debes huir
graciosamente de novios y esposos, en especial al inicio de tu carrera. Pero el encanto del
libertino reside en que esos peligros no le importan. No puedes ser libertino si eres
temeroso y prudente; la paliza ocasional forma parte del juego. Aun así, cuando tiempo
después Elvis estaba en el pináculo de su carrera, ningún esposo se atrevía a tocarlo.
El mayor peligro para el libertino no proviene del esposo ofendido en extremo, sino de los
hombres inseguros que se sienten amenazados por la figura del Don Juan. Aunque no lo
admitan, ellos envidian la vida de placer del libertino; y, como todo envidioso, atacarán en
forma encubierta, a menudo disfrazando de moral sus asedios. El libertino puede ver en
peligro su carrera por culpa de tales hombres (o de la ocasional mujer igualmente
insegura, a quien le duele que aquél no la desee.) Es poco lo que él puede hacer para evitar
la envidia; si todos fueran tan afortunados seductores, la sociedad no funcionaría.
Así que acepta la envidia como prenda de honor. Pero no seas ingenuo; sé astuto. Cuando
un moralista te ataque, no te dejes engañar por su cruzada; lo mueve la envidia pura y
simple. Podrías neutralizarlo mostrándote menos libertino, pidiendo perdón, asegurando
que ya te reformaste; pero esto dañará tu reputación, pues te hará parecer un disoluto
menos adorable. A la larga, lo mejor es sufrir los ataques con dignidad y seguir adelante.
La seducción es la fuente de tu poder, y siempre podrás contar con la infinita indulgencia
de las mujeres.

Arquetipos: PARTE 1 LA PERSONALIDAD SEDUCTORA.


Todos poseemos fuerza de atracción, la capacidad para cautivar a la gente y tenerla a
nuestra merced. Pero no todos estamos conscientes de este potencial interior, e imaginamos
la atracción como un rasgo casi místico con el que nacen unos cuantos selectos y que el
resto jamás poseeremos. Sin embargo, lo único que tenemos que hacer para explotar ese
potencial es saber qué apasiona naturalmente, en el carácter de una persona, a la gente y
desarrollar esas cualidades latentes en nosotros.
Los casos de seducción satisfactoria rara vez empiezan con una maniobra o plan
estratégico obvios. Esto despertaría sospechas, sin duda. La seducción satisfactoria
comienza por tu carácter, tu habilidad para irradiar una cualidad que atraiga a la gente y
le provoque emociones que no puede controlar. Hipnotizadas por tu seductora
personalidad, tus víctimas no advertirán tus manipulaciones posteriores. Engañarlas y
seducirlas será entonces un juego de niños.
Existen nueve tipos de seductores en el mundo. Cada uno de ellos posee un rasgo de
carácter particular venido de muy dentro y que ejerce una influencia seductora. Las
sirenas tienen energía sexual en abundancia y saben usarla.
Los Libertinos adoran insaciablemente al sexo opuesto, y su deseo es contagioso. Los
amantes ideales poseen una sensibilidad estética que aplican al romance. Los dandys
gustan de jugar con su imagen, creando así una tentación avasalladora y andrógina. Los
cándidos son espontáneos y abiertos. Las coquetas son autosuficientes, y poseen una
frescura esencial fascinante. Los encantadores quieren y saben complacer: son criaturas
sociales. Los carismáticos tienen una inusual seguridad en sí mismos. Las estrellas son
etéreas y se envuelven en el misterio.
Los capítulos de esta sección te conducirán a cada uno de esos nueve tipos. Al menos uno
de estos capítulos debería tocar una cuerda en ti: hacerte reconocer una parte de tu
personalidad. Ese capítulo será la clave para el desarrollo de tus poderes de atracción.
Supongamos que tiendes a la coquetería. El capítulo sobre la coqueta te enseñará a confiar
en tu autosuficiencia, y a alternar vehemencia y frialdad para atrapar a tus víctimas.
También te enseñará a llevar más lejos tus cualidades naturales, para convertirte en una
gran coqueta, el tipo de mujer por la que los hombres peleamos. Sería absurdo ser tímido
teniendo una cualidad seductora. Un libertino desenvuelto fascina, y sus excesos se
disculpan, pero uno desganado no merece respeto. Una vez que hayas cultivado tu rasgo
de carácter sobresaliente, añadiendo un poco de arte a lo que la naturaleza te dio, podrás
desarrollar un segundo o tercer rasgo, con lo que darás a tu imagen más hondura y
misterio. Finalmente, el décimo capítulo de esta sección, sobre el antiseductor, te hará
darte cuenta del potencial contrario en ti: la fuerza de repulsión. Erradica a toda costa las
tendencias antiseductoras que puedas tener.
Concibe estos nueve tipos como sombras, siluetas. Sólo si te empapas de uno de ellos y le
permites crecer en tu interior, podrás empezar a desarrollar una personalidad seductora,
lo que te concederá ilimitado poder.
LA SIRENA.
A un hombre suele agobiarle en secreto el papel que debe ejercer: ser siempre responsable,
dominante y racional. La sirena es la máxima figura de la fantasía masculina porque brinda
una liberación total de las limitaciones de la vida. En su presencia, siempre realzada y
sexuálmente cargada, el hombre se siente transportado a un mundo de absoluto placer. Ella
es peligrosa, y al perseguirla con tesón, el hombre puede perder el control de sí, algo que
ansia hacer. La sirena es un espejismo: tienta a los hombres cultivando una apariencia y
actitud particulares. En un mundo en que las mujeres son, con frecuencia, demasiado
tímidas para proyectar esa imagen, la sirena aprende a controlar la libido de los hombres
encarnando su fantasía
LA SIRENA ESPECTACULAR.
En el año 48 a.C, Tolomeo XIV de Egipto logró deponer y exiliar a su hermana y esposa, la
reina Cleopatra. Resguardó las fronteras del país contra su regreso y empezó a gobernar
solo. Ese mismo año, Julio César llegó a Alejandría, para cerciorarse de que, pese a las
luchas de poder locales, Egipto siguiera siendo fiel a Roma.
Una noche, César hablaba de estrategia con sus generales en el palacio egipcio cuando
llegó un guardia, para informar que un mercader griego se hallaba en la puerta con un
enorme y valioso obsequio para el jefe romano. César, en ánimo de diversión, autorizó el
ingreso del mercader. Este entró cargando sobre sus hombros un gran tapete enrollado.
Desató la cuerda del envoltorio y lo tendió con agilidad, dejando al descubierto a la joven
Cleopatra, oculta dentro y quien, semidesnuda, se irguió ante César y sus huéspedes como
Venus que emergiera de las olas.
La vista de la hermosa joven reina (entonces de apenas veintiún años de edad) deslumbró
a todos, al aparecer repentinamente ante ellos como en un sueño. Su intrepidez y
teatralidad les asombraron; metida al puerto a escondidas durante la noche con sólo un
hombre para protegerla, lo arriesgaba todo en un acto audaz. Pero nadie quedó tan
fascinado como César. Según el autor romano Dión Casio, "Cleopatra estaba en la
plenitud de su esplendor. Tenía una voz deliciosa, que no podía menos que hechizar a
quienes la oían. El encanto de su persona y sus palabras era tal que atrajo a sus redes al
más frío y determinado de los misóginos. César quedó encantado tan pronto como la vio y
ella abrió la boca para hablar". Cleopatra se convirtió en su amante esa misma noche.
César ya había tenido para entonces muchas queridas, con las que se distraía de los
rigores de sus campañas. Pero siempre se había librado rápido de ellas, para volver a lo
que realmente lo hacía vibrar: la intriga política, los retos de la guerra, el teatro romano.
Había visto a mujeres intentar todo para mantenerlo bajo su hechizo. Pero nada lo
preparó para Cleopatra. Una noche ella le diría que juntos podían hacer resurgir la gloria
de Alejandro Magno, y gobernar al mundo como dioses. A la noche siguiente lo recibiría
ataviada como la diosa Isis, rodeada de la opulencia de su corte. Cleopatra inició a César
en los más exquisitos placeres, presentándose como la encarnación del exotismo egipcio.
La vida de César con ella era un reto perenne, tan desafiante como la guerra; porque en
cuanto creía tenerla asegurada, ella se distanciaba o enojaba, y él debía buscar el modo de
recuperar su favor.
Transcurrieron semanas. César eliminó a todos los que le disputaban el amor de Cleopatra
y halló excusas para permanecer en Egipto. Ella lo llevó a una suntuosa e histórica
expedición por el Nüo. En un navío de inimaginable majestad —que se elevaba dieciséis
metros y medio sobre el agua e incluía terrazas de varios niveles y un templo con columnas
dedicado al dios Dionisio—, César fue uno de los pocos romanos en ver las pirámides. Y
mientras prolongaba su estancia en Egipto, lejos de su trono en Roma, en el imperio
estallaba toda clase de disturbios.
Asesinado Julio César en 44 a.C, le sucedió un triunvirato, uno de cuyos miembros era
Marco Antonio, valiente soldado amante del placer y el espectáculo, y quien se tenía por
una suerte de Dionisio romano. Años después, mientras él estaba en Siria, Cleopatra lo
invitó a reunirse con ella en la ciudad egipcia de Tarso. Ahí, tras hacerse esperar, su
aparición fue tan sorprendente como ante César. Una magnífica barcaza dorada con velas
de color púrpura asomó por el río Kydnos. Los remeros bogaban al compás de música
etérea; por toda la nave había hermosas jóvenes vestidas de ninfas y figuras mitológicas.
Cleopatra iba sentada en cubierta, rodeada y abanicada por cupidos y caracterizada como
la diosa Afrodita, cuyo nombre la multitud coreaba con entusiasmo.
Como las demás víctimas de Cleopatra, Marco Antonio tuvo sentimientos encontrados.
Los placeres exóticos que ella ofrecía eran difíciles de resistir. Pero también deseó
someterla: abatir a esa ilustre y orgullosa mujer probaría su grandeza. Así que se quedó y,
como César, cayó lentamente bajo su hechizo. Ella consintió todas sus debilidades: el
juego, fiestas estridentes, rituales complejos, lujosos espectáculos. Para conseguir que
regresara a Roma, Octavio, otro miembro del triunvirato, le ofreció una esposa: su
hermana, Octavia, una de las mujeres más bellas de Roma. Famosa por su virtud y
bondad, sin duda ella mantendría a Marco Antonio lejos de la "prostituta egipcia". La
maniobra surtió efecto por un tiempo, pero Marco Antonio no pudo olvidar a Cleopatra, y
tres años después retornó a ella. Esta vez fue para siempre: se había vuelto, en esencia,
esclavo de Cleopatra, lo que concedió a ésta enorme poder, pues él adoptó la vestimenta y
costumbres egipcias y renunció a los usos de Roma.
Una sola imagen sobrevive de Cleopatra —un perfil apenas visible en una moneda—, pero
contamos con numerosas descripciones escritas de ella. Su rostro era fino y alargado, y su
nariz un tanto puntiaguda; su rasgo dominante eran sus ojos, increíblemente grandes. Su
poder seductor no residía en su aspecto; a muchas mujeres de Alejandría se les
consideraba más hermosas que a ella. Lo que poseía sobre las demás mujeres era la
habilidad para entretener a un hombre. En realidad Cleopatra era físicamente ordinaria y
carecía de poder político, pero lo mismo Julio César que Marco Antonio, hombres
valerosos e inteligentes, no percibieron nada de eso. Lo que vieron fue una mujer que no
cesaba de transformarse ante sus ojos, una mujer espectáculo. Cada día ella se vestía y
maquillaba de otra manera, pero siempre conseguía una apariencia realzada, como de
diosa. Su voz, de la que hablan todos los autores, era cadenciosa y embriagadora. Sus
palabras podían ser banales, pero las pronunciaba con tanta suavidad que los oyentes no
recordaban lo que decía, sino cómo lo decía.
Cleopatra ofrecía variedad constante: tributos, batallas simuladas, expediciones,
orgiásticos bailes de máscaras. Todo tenía un toque dramático, y se llevaba a cabo con
inmensa energía. Para el momento en que los amantes de Cleopatra posaban la cabeza en
la almohada junto a ella, su mente era un torbellino de sueños e imágenes. Y justo cuando
creían ser amos de esa mujer exuberante y versátil, ella se mostraba alejada o enfadada,
dejando en claro que era ella la que ponía las condiciones. A Cleopatra era imposible
poseerla: había que adorarla. Fue así como una exiliada destinada a una muerte
prematura logró trastocarlo todo y gobernar Egipto durante cerca de veinte años.
De Cleopatra aprendemos que lo que hace a una sirena no es la belleza, sino la vena
teatral, lo que permite a una mujer encarnar las fantasías de un hombre. Por hermosa que
sea, una mujer termina por aburrir a un hombre; él ansia otros placeres, y aventura. Pero
todo lo que una mujer necesita para impedirlo es crear la ilusión de que ofrece justo esa
variedad y aventura. Un hombre es fácil de engañar con apariencias; tiene debilidad por lo
visual. Si tú creas la presencia física de una sirena (una intensa tentación sexual
combinada con una actitud teatral y majestuosa), él quedará atrapado. No podrá
aburrirse contigo, así que no podrá dejarte. Mantén la diversión, y nunca le permitas ver
quién eres en realidad. Te seguirá hasta ahogarse.
LA SIRENA DEL SEXO.
Norma Jean Mortensen, la futura Marilyn Monroe, pasó parte de su infancia en
orfanatorios de Los Angeles. Dedicaba sus días a tareas domésticas, no a jugar. En la
escuela se aislaba, rara vez sonreía y soñaba mucho. Un día, cuando tenía trece años, al
vestirse para ir a la escuela se dio cuenta de que la blusa blanca que le habían dado en el
orfanatorio estaba rota, así que tuvo que pedir prestado un suéter a una compañera más
joven. El suéter era varias tallas menor que la suya. Ese día pareció de repente que los
hombres la rodeaban dondequiera que iba (estaba muy desarrollada para su edad).
Escribió en su diario: "Miraban mi suéter como si fuera una mina de oro".
La revelación fue simple pero sorprendente. Antes ignorada y hasta ridiculizada por los
demás alumnos, Norma Jean descubrió entonces una forma de obtener atención, y quizá
también poder, porque era extremadamente ambiciosa. Empezó a sonreír más, a
maquillarse, a vestirse de otra manera. Y pronto advirtió algo igualmente asombroso: sin
que tuviera que decir ni hacer nada, los muchachos se enamoraban apasionadamente de
ella. "Todos mis admiradores me decían lo mismo de diferente forma", escribió. "Era
culpa mía que quisieran besarme y abrazarme. Algunos decían que era el modo en que los
miraba, con ojos llenos de pasión. Otros, que lo que los tentaba era mi voz. Otros más, que
emitía vibraciones que los agobiaban."
Años después, Marilyn ya intentaba triunfar en la industria cinematográfica. Los
productores le decían lo mismo: que era muy atractiva en persona, pero que su cara no era
suficientemente bonita para el cine. Consiguió trabajo como extra, y cuando aparecía en la
pantalla —así fuera apenas unos segundos—, los hombres en el público se volvían locos, y
las salas estallaban en silbidos. Pero nadie creía que eso augurara una estrella. Un día de
1949, cuando tenía sólo veintitrés años y su carrera se estancaba, Marilyn conoció en una
cena a alguien que le dijo que un productor que seleccionaba al elenco de una nueva
película de Groucho Marx, Love Happy (Locos de atar), buscaba una actriz para el papel
de una rubia explosiva capaz de pasar junto a Groucho de tal modo que, dijo, "excite mi
vetusta libido y me saque humo por las orejas". Tras concertar una audición, ella
improvisó esa manera de andar. "Es Mae West, Theda Bara y Bo Peep en una", afirmó
Groucho luego de verla caminar. "Rodaremos la escena mañana en la mañana." Fue así
como Marilyn creó su andar perturbador, apenas natural pero que ofrecía una extraña
combinación de inocencia y sexo.
En los años siguientes, Marilyn aprendió, mediante prueba y error, a agudizar su efecto
sobre los hombres. Su voz siempre había sido atractiva: era la de una niña. Pero en el cine
tuvo limitaciones hasta que alguien le enseñó a hacerla más grave, con lo que ella la dotó
de los profundos y jadeantes tonos que se convertirían en la marca distintiva de su poder
seductor, una mezcla de la niña pequeña y la pequeña arpía. Antes de aparecer en el foro,
o incluso en una fiesta, Marilyn pasaba horas frente al espejo. La mayoría creía que era
por vanidad, que estaba enamorada de su imagen. La verdad era que esa imagen tardaba
horas en cuajar. Marilyn dedicó varios años a estudiar y practicar el arte del maquillaje.
Voz, porte, rostro y mirada eran inventos, teatro puro. En el pináculo de su carrera, a
Marilyn le emocionaría ir a bares en Nueva York sin maquillarse ni arreglarse, y pasar
desapercibida.
El éxito llegó por fin, pero con él también llegó algo terrible para ella: los estudios sólo le
daban papeles de rubia explosiva. Marilyn quería papeles serios, pero nadie la tomaba en
cuenta para eso, por más que ella restara importancia a las cualidades de sirena que había
desarrollado. Un día, al ensayar una escena de El jardín de los cerezos, su maestro de
actuación, Michael Chekhov, le preguntó: "¿Pensabas en sexo mientras hicimos esta
escena?". Ella contestó que no, y él continuó: "En toda la escena no dejé de recibir
vibraciones sexuales de ti. Como si fueras una mujer en las garras de la pasión. [...] Ahora
entiendo tu problema con tu estudio, Marilyn. Eres una mujer que emite vibraciones
sexuales, hagas o pienses lo que sea. El mundo entero ha respondido ya a esas vibraciones.
Salen de la pantalla cuando apareces en ella".
A Marilyn Monroe le encantaba el efecto que su cuerpo podía tener en la libido masculina.
Afinaba su presencia física como un instrumento, con lo que terminaba por exudar sexo y
conseguir una apariencia glamurosa y exuberante. Otras mujeres sabían tantos trucos
como ella para incrementar su atractivo sexual, pero lo que distinguía a Marilyn era un
elemento inconsciente. Su biografía la había privado de algo decisivo: afecto. Su mayor
necesidad era sentirse amada y deseada, lo que la hacía parecer constantemente
vulnerable, como una niña ansiosa de protección. Esa necesidad de amor emanaba de ella
ante la cámara; era algo natural, que procedía de una fuente genuina y profunda en su
interior. Una mirada o un gesto con el que no pretendía causar deseo hacía eso en forma
doblemente poderosa, sólo por ser espontáneo; su inocencia era precisamente lo que
excitaba a los hombres.
La sirena del sexo tiene un efecto más urgente e inmediato que la sirena espectacular.
Encarnación del sexo y el deseo, no se molesta en apelar a sentidos ajenos, o en crear una
intensidad teatral. Parece jamás dedicar tiempo a trabajar o hacer tareas domésticas; da
la impresión de vivir para el placer y estar siempre disponible. Lo que diferencia a la
sirena del sexo de la cortesana o prostituta es su toque de inocencia y vulnerabilidad. Esta
mezcla es perversamente satisfactoria: concede al hombre la crucial ilusión de ser
protector, la figura paterna, pese a que, en realidad, sea la sirena del sexo quien controla la
dinámica.
Una mujer no necesariamente tiene que nacer con los atributos de una Marilyn Monroe
para poder cumplir el papel de sirena del sexo. La mayoría de los elementos físicos de esta
personalidad son inventados; la clave es el aire de colegiala inocente. Mientras que una
parte de ti parece proclamar sexo, la otra es tímida e ingenua, como si fueras incapaz de
comprender el efecto que ejerces. Tu porte, voz y actitud son deliciosamente ambiguos:
eres al mismo tiempo una mujer experimentada y deseosa, y una chiquilla inocente.
Llegarás primero a las sirenas, que encantan a cuantos hombres van a su encuentro. [...]
Porque les hechizan las sirenas con el sonoro canto, sentadas en una pradera y teniendo a su
alrededor enorme montón de huesos de hombres putrefactos cuya piel se va consumiendo.
—Circe a Odiseo, Odisea, Canto XII.
CLAVES DE PERSONALIDAD.
La sirena es la seductora más antigua de todas. Su prototipo es la diosa Afrodita —está en
su naturaleza poseer una categoría mítica—, pero no creas que es cosa del pasado, o de
leyenda e historia: representa la poderosa fantasía masculina de una mujer muy sexual y
extraordinariamente segura y tentadora que ofrece interminable placer junto con una
pizca de peligro. En la actualidad, esta fantasía atrae con mayor fuerza aún a la psique
masculina, porque hoy más que nunca el hombre vive en un mundo que circunscribe sus
instintos agresivos al volverlo todo inofensivo y seguro, un mundo que ofrece menos
posibilidades de riesgo y aventura que antes. En el pasado, un hombre disponía de salidas
para esos impulsos: la guerra, altamar, la intriga política. En el terreno del sexo, las
cortesanas y amantes eran prácticamente una institución social, y brindaban al hombre la
variedad y caza que ansiaba. Sin salidas, sus impulsos quedan encerrados en él y lo
corroen, volviéndose aún más explosivos por ser reprimidos. A veces un hombre poderoso
hará las cosas más irracionales, tendrá una aventura cuando eso es lo menos indicado, sólo
por la emoción, por el peligro que implica. Lo irracional puede ser sumamente seductor, y
más todavía para los hombres, que siempre deben parecer demasiado razonables.
Si lo que tú buscas es fuerza de seducción, la sirena es la más poderosa de todas. Opera
sobre las emociones básicas de un hombre; y si desempeña de modo apropiado su papel,
puede transformar a un hombre normalmente fuerte y responsable en un niño y un
esclavo. La sirena actúa con especial eficacia sobre el tipo masculino rígido —el soldado o
héroe—, como Cleopatra trastornó a Marco Antonio y Marilyn Monroe a Joe DiMaggio.
Pero no creas que ese tipo es el único que la sirena puede afectar. Julio César era escritor y
pensador, y había transferido su capacidad intelectual al campo de batalla y la esfera
política; el dramaturgo Arthur Miller cayó bajo el hechizo de Marilyn tanto como
DiMaggio. El intelectual suele ser el tipo más susceptible al llamado de placer físico
absoluto de la sirena, porque su vida carece de él. La sirena no tiene que preocuparse por
buscar a la víctima correcta. Su magia actúa sobre todos.
Antes que nada, una sirena debe distinguirse de las demás mujeres. Ella es rara y mítica
por naturaleza, única en su grupo; es también una valiosa presea por arrebatar a otros
hombres. Cleopatra se diferenció por su intenso sentido teatral; el recurso de la
emperatriz Josefina Bonaparte fue la languidez extrema; el de Marilyn Monroe, la
indefensión infantil. El físico brinda las mejores oportunidades en este caso, ya que la
sirena es eminentemente un espectáculo por contemplar. Una presencia acentuadamente
femenina y sexual, aun al extremo de la caricatura, te diferenciará de inmediato, pues la
mayoría de las mujeres carecen de seguridad para proyectar esa imagen.
Habiéndose distinguido de las demás mujeres, la sirena debe poseer otras dos cualidades
críticas: la habilidad para lograr que el hombre la persiga con tal denuedo que pierda el
control, y un toque de peligro. E1 peligro es increíblemente seductor. Lograr que los
hombres te persigan es relativamente sencillo: te bastará con una presencia intensamente
sexual. Pero no debes parecer cortesana o ramera, a quien los hombres persiguen sólo
para perder pronto todo interés. Sé en cambio algo esquiva y distante, una fantasía hecha
realidad. Las grandes sirenas del Renacimiento, como Tullía d'Aragona, actuaban y lucían
como diosas griegas, la fantasía de la época. Hoy tú podrías tomar como modelo a una
diosa del cine, cualquiera con aspecto exuberante, e incluso imponente. Estas cualidades
harán que un hombre te persiga con vehemencia; y entre más lo haga, más creerá actuar
por iniciativa propia. Ésta es una excelente forma de disimular cuánto lo manipulas.
La noción de peligro, de desafío, a veces de muerte, podría parecer anticuada, pero el
peligro es esencial en la seducción. Añade interés emocional, y hoy es particularmente
atractivo para los hombres, por lo común racionales y reprimidos. El peligro está presente
en el mito original de la sirena. En la Odisea de Homero, el protagonista, Odiseo, debe
atravesar las rocas en que las sirenas, extrañas criaturas femeninas, cantan e inducen a los
marineros a su destrucción. Ellas cantan las glorias del pasado, de un mundo similar a la
infancia, sin responsabilidades, un mundo de puro placer. Su voz es como el agua, líquida e
incitante. Los marineros se arrojaban al agua en pos de ellas, y se ahogaban; o, distraídos
y extasiados, estrellaban su nave contra las rocas. Para proteger a sus navegantes de las
sirenas, Odiseo les tapa los oídos con cera; él, a su vez, es atado al mástil, para poder oírlas
y vivir para contarlo —un deseo extravagante, pues lo que estremece de las sirenas es caer
en la tentación de seguirlas.
Así como los antiguos marineros tenían que remar y timonear, ignorando todas las
distracciones, hoy un hombre debe trabajar y seguir una senda recta en la vida. El
llamado de algo peligroso, emotivo y desconocido es aún más poderoso por estar
prohibido. Piensa en la víctimas de las grandes sirenas de la historia: París provoca una
guerra por Helena de Troya; Julio César arriesga un imperio y Marco Antonio pierde el
poder y la vida por Cleopatra; Napoleón se convierte en el hazmerreír de Josefina;
DiMaggio no se libra nunca de su pasión por Marilyn; y Arthur Miller no puede escribir
durante años. Un hombre suele arruinarse a causa de una sirena, pero no puede
desprenderse de ella. (Muchos hombres poderosos tienen una vena masoquista.) Un
elemento de peligro es fácil de insinuar, y favorecerá
tus demás características de sirena: el toque de locura de Marilyn, por ejemplo, que
atrapaba a los hombres. Las sirenas son a menudo fantásticamente irracionales, lo cual es
muy atractivo para los hombres, oprimidos por su racionalidad. Un elemento de temor
también es decisivo: mantener a un hombre a prudente distancia engendra respeto, para
que no se acerque tanto como para entrever tus intenciones o conocer tus defectos.
Produce ese miedo cambiando repentinamente de humor, manteniendo a un hombre fuera
de balance y en ocasiones intimidándolo con una conducta caprichosa.
El elemento más importante para una sirena en ciernes es siempre el físico, el principal
instrumento de poder de la sirena. Las cualidades físicas —una fragancia, una intensa
feminidad evocada por el maquillaje o por un atuendo esmerado o seductor— actúan aún
más poderosamente sobre los hombres porque no tienen significado. En su inmediatez,
eluden los procesos racionales, y ejercen así el mismo efecto que un señuelo para un
animal, o que el movimiento de un capote en un toro. La apariencia apropiada de la sirena
suele confundirse con la belleza física, en particular del rostro. Pero una cara bonita no
hace a una sirena; por el contrario, produce excesiva distancia y frialdad. (Ni Cleopatra ni
Marilyn Monroe, las dos mayores sirenas de la historia, fueron famosas por tener un
rostro hermoso.) Aunque una sonrisa y una incitante mirada son infinitamente seductoras,
nunca deben dominar tu apariencia. Son demasiado obvias y directas. La sirena debe
estimular un deseo generalizado, y la mejor forma de hacerlo es dar una impresión tanto
llamativa como tentadora. Esto no depende de un rasgo particular, sino de una
combinación de cualidades.
La voz. Evidentemente una cualidad decisiva, como lo indica la leyenda, la voz de la sirena
tiene una inmediata presencia animal de increíble poder de provocación. Quizá este poder
sea regresivo, y recuerde la capacidad de la voz de la madre para apaciguar o emocionar al
hijo aun antes de que éste entendiera lo que ella decía. La sirena debe tener una voz
insinuante que inspire erotismo, en forma subliminal antes que abierta. Casi todos los que
conocieron a Cleopatra hicieron referencia a su dulce y deliciosa voz, de calidad
hipnotizante. La emperatriz Josefina, una de las grandes seductoras de fines del siglo xviii,
tenía una voz lánguida que los hombres consideraban exótica, e indicativa de su origen
creóle. Marilyn Monroe nació con su jadeante voz infantil, pero aprendió a hacerla más
grave para volverla auténticamente seductora. La voz de Lauren Bacall es naturalmente
grave; su poder seductor se deriva de su lenta y sugestiva efusión. La sirena nunca habla
rápida ni bruscamente, ni con tono agudo. Su voz es serena y pausada, como si nunca
hubiera despertado del todo —o abandonado el lecho.
El cuerpo y el proceso para acicalar. Si la voz tiene que adormecer, el cuerpo y su proceso
para acicalar deben deslumbrar. La sirena pretende crear con su ropa el efecto de diosa
que Baudelaire describió en su ensayo "En elogio del maquillaje": "La mujer está en todo
su derecho, y en realidad cumple una suerte de deber, al procurar parecer mágica y
sobrenatural. Ha de embrujar y sorprender; ídolo que debe engalanarse con oro para ser
adorada. Ha de hacer uso de todas las artes para elevarse sobre la naturaleza, lo mejor
para subyugar corazones y perturbar espíritus".
Una sirena con talento para vestirse y acicalarse fue Paulina Bonaparte, hermana de
Napoleón. Paulina se empeñó deliberadamente en alcanzar el efecto de diosa, disponiendo
su cabello, maquillaje y atuendo para evocar el aire y apariencia de Venus, la diosa del
amor. Ninguna otra mujer en la historia ha podido jactarse de un guardarropa tan extenso
y elaborado. Su entrada a un baile, en 1798, tuvo un efecto pasmoso. Ella había pedido a la
anfitriona, Madame Permon, que le permitiese vestirse en su casa, para que nadie la viera
llegar. Cuando bajó las escaleras, todos se congelaron en un silencio de asombro. Portaba
el tocado de las bacantes: racimos de uvas doradas entretejidas en su cabellera, arreglada
al estilo griego. Su túnica griega, con dobladillo bordado en oro, destacaba su figura de
diosa. Bajo los pechos ostentaba un tahalí de oro bruñido, sujetado por una magnífica
joya. "No hay palabras que puedan expresar la hermosura de su apariencia", escribió la
duquesa D'Abrantés. "La sala brilló aún más cuando entró. El conjunto era tan
armonioso que su aparición fue recibida con un susurro de admiración, el cual continuó
con manifiesto desdén por las demás mujeres."
La clave: todo tiene que deslumbrar, pero también debe ser armonioso, para que ningún
accesorio llame la atención por sí solo. Tu presencia debe ser intensa, exuberante, una
fantasía vuelta realidad. Los accesorios sirven para hechizar y entretener. La sirena puede
valerse de la ropa también para insinuar sexualidad, a veces abiertamente, aunque
primero sugiriéndola que proclamándola, lo cual te haría parecer manipuladora. Esto se
asocia con la noción de la revelación selectiva, la puesta al descubierto de sólo una parte
del cuerpo, que de cualquier manera excite y despierte la imaginación. A fines del siglo XVI,
Marguerite de Valois, la intrigante hija de la reina de Francia, Catalina de Médicis, fue
una de las primeras mujeres en incorporar a su vestuario el escote, sencillamente porque
era dueña de los pechos más hermosos del reino. En Josefina Bonaparte lo notable eran los
brazos, que siempre tenía cuidado en dejar desnudos.
El movimiento y el porte. En el siglo V a.C, el rey Kou Chien eligió a la sirena china Hsi
Shih entre todas las mujeres de su reino para seducir y destruir a su rival, Fu Chai, rey de
Wu; con ese propósito, hizo instruir a la joven en las artes de la seducción. La más
importante de éstas era la del movimiento: cómo desplazarse graciosa y sugestivamente.
Hsi Shih aprendió a dar la impresión de que flotaba en el aire enfundada en su
indumentaria de la corte. Cuando finalmente se entregó a Fu Chai, él cayó pronto bajo su
hechizo. Nunca había visto a nadie que caminara y se moviera como ella. Se obsesionó con
su trémula presencia, sus modales y su aire indiferente. Fu Chai se enamoró tanto de ella
que dejó que su reino se viniera abajo, lo que permitió a Kou Chien invadirlo y
conquistarlo sin dar una sola batalla.
La sirena se mueve graciosa y pausadamente. Los gestos, movimientos y porte apropiados
de una sirena son como su voz: insinúan algo excitante, avivan el deseo sin ser obvios. Tú
debes poseer un aire lánguido, como si tuvieras todo el tiempo del mundo para el amor y el
placer. Dota a tus gestos de cierta ambigüedad, para que sugieran algo al mismo tiempo
inocente y erótico. Todo lo que no se puede entender de inmediato es extremadamente
seductor, más aún si impregna tu actitud.
Símbolo: Agua. El canto de la sirena es líquido e incitante, y ella misma móvil e inasible.
Como el mar, la sirena te tienta con la promesa de aventura y placer infinitos. Olvidando
pasado y futuro, los hombres la siguen mar adentro, donde se ahogan.
PELIGROS.
Por ilustrada que sea su época, ninguna mujer puede mantener con soltura la imagen de
estar consagrada al placer. Y por más que intente distanciarse de ello, la mancha de ser
una mujer fácil sigue siempre a la sirena. A Cleopatra se le odió en Roma, donde se le
consideraba la prostituta egipcia. Ese odio la llevó finalmente a la ruina, cuando Octavio y
el ejército buscaron extirpar el estigma para la virilidad ro-mana que ella había terminado
por representar. Aun así, los hombres suelen perdonar la reputación de la sirena. Pero a
menudo hay peligro en la envidia que causa en otras mujeres; gran parte del
aborrecimiento de Roma por Cleopatra se originó en el enfado que provocaba a las
severas matronas de esa ciudad. Exagerando su inocencia, haciéndose pasar por víctima
del deseo masculino, la sirena puede mitigar un tanto los efectos de la envidia femenina.
Pero, en general, es poco lo que puede hacen su poder proviene de su efecto en los
hombres, y debe aprender a aceptar, o ignorar, la envidia de otras mujeres.
Por último, la enorme atención que la sirena atrae puede resultar irritante, y algo peor
aún. La sirena anhelará a veces que se le libre de ella; otras, querrá atraer una atención no
sexual. Asimismo, y por desgracia, la belleza física se marchita; aunque el efecto de la
sirena no depende de un rostro hermoso, sino de una impresión general, pasando cierta
edad esa impresión es difícil de proyectar. Estos dos factores contribuyeron al suicidio de
Marilyn Monroe. Hace falta cierta genialidad, como la de Madame de Pompadour, la
sirena amante del rey Luis XV, para transitar al papel de animosa mujer madura que aún
seduce con sus inmateriales encantos. Cleopatra poseía esa inteligencia; y si hubiera vivido
más, habría seguido siendo una seductora irresistible durante mucho tiempo. La sirena
debe prepararse para la vejez prestando temprana atención a las formas más psicológicas,
menos físicas, de la coquetería, que sigan concediéndole poder una vez que su belleza
empiece a declinar.

El Arte de la seducción


Prefacio.

Hace miles de años, el poder se conquistaba principalmente mediante
la violencia física, y se mantenía con la tuerza bruta. No había
necesidad de sutileza; un rey o emperador debía ser inmisericorde.
Sólo unos cuantos selectos tenían poder, pero en este esquema de cosas
nadie sufría más que las mujeres. No tenían manera de competir,
ningún arma a su disposición con que lograr que un hombre hiciera lo
que ellas querían, política y socialmente, y aun en el hogar.
Claro que los hombres tenían una debilidad: su insaciable deseo de
sexo. Una mujer siempre podía jugar con este deseo; pero una vez que
cedía al sexo, el hombre recuperaba el control. Y si ella negaba el
sexo, él simplemente podía voltear a otro lado, o ejercer la fuerza.
¿Qué había de bueno en un poder tan frágil y pasajero? Aún así, las
mujeres no tenían otra opción que someterse. Pero hubo algunas con
tal ansia de poder que, a la vuelta de los años y gracias a su enorme
inteligencia y creatividad, inventaron una manera de alterar
completamente esa dinámica, con lo que produjeron una forma de
poder más duradera y efectiva.
Esas mujeres —como Betsabé, del Antiguo Testamento; Helena de
Troya; la sirena china Hsi Shi, y la más grande de todas, Cleopatra—
inventaron la seducción. Primero atraían a un hombre por medio de
una apariencia tentadora, para lo que ideaban su maquillaje y
ornamento, a fin de producir la imagen de una diosa hecha carne. Al
exhibir únicamente indicios de su cuerpo, excitaban la imaginación de
un hombre, estimulando así el deseo no sólo de sexo, sino también de
algo mayor: la posibilidad de poseer a una figura de la fantasía. Una
vez que obtenían el interés de sus víctimas, estas mujeres las inducían
a abandonar el masculino mundo de la guerra y la política y a pasar
tiempo en el mundo femenino, una esfera de lujo, espectáculo y placer.
También podían literalmente descarriarla, llevándolas de viaje, como
Cleopatra indujo a Julio César a viajar por el Nilo. Los hombres se
aficionaban a esos placeres sensuales y refinados: se enamoraban. Pero
después, invariablemente, las mujeres se volvían frías e indiferentes, y
confundían a sus víctimas. Justo cuando los hombres querían más, les
eran retirados sus placeres. Esto los obligaba a perseguirlos, y a
probarlo todo para recuperar los favores que alguna vez habían
saboreado, con lo que se volvían débiles y emotivos. Los hombres,
dueños de la fuerza física y el poder social —como el rey David, el
troyano París, Julio César, Marco Antonio y el rey Fu Chai—, se veían
convertidos en esclavos de una mujer.
En medio de la violencia y la brutalidad, esas mujeres hicieron de la
seducción un arte sofisticado, la forma suprema del poder y la
persuasión. Aprendieron a influir en primera instancia en la mente,
estimulando fantasías, logrando que un hombre siempre quisiera más,
creando pautas de esperanza y desasosiego: la esencia de la seducción.
Su poder no era físico sino psicológico; no enérgico, sino indirecto y
sagaz. Esas primeras grandes seductoras eran como generales que
planeaban la destrucción de un enemigo; y, en efecto, en descripciones
antiguas la seducción suele compararse con una batalla, la versión
femenina de la guerra. Para Cleopatra, fue un medio para consolidar
un imperio. En la seducción, la mujer no era ya un objeto sexual
pasivo; se había vuelto un agente activo, una figura de poder.
Con escasas excepciones —el poeta latino Ovidio, los trovadores
medievales—, los hombres no se ocuparon mucho de un arte tan
frivolo como la seducción. Más tarde, en el siglo XVII, ocurrió un gran
cambio: se interesaron en la seducción como medio para vencer la
resistencia de las jóvenes al sexo. Los primeros grandes seductores de
la historia —el duque de Lauzun, los diferentes españoles que
inspiraron la leyenda de Don Juan— comenzaron a adoptar los
métodos tradicionalmente empleados por las mujeres. Aprendieron a
deslumbrar con su apariencia (a menudo de naturaleza andrógina), a
estimular la imaginación, a jugar a la coqueta. Añadieron también un
elemento masculino al juego: el lenguaje seductor, pues habían
descubierto la debilidad de las mujeres por las palabras dulces. Esas
dos formas de seducción —el uso femenino de las apariencias y el uso
masculino del lenguaje— cruzarían con frecuencia las fronteras de los
géneros: Casa-nova deslumbraba a las mujeres con su vestimenta;
Ninon de l'Enclos encantaba a los hombres con sus palabras.
Al mismo tiempo que los hombres desarrollaban su versión de la
seducción, otros empezaron a adaptar ese arte a propósitos sociales.
Mientras en Europa el sistema feudal de gobierno se perdía en el
pasado, los cortesanos tenían que abrirse paso en la corte sin el uso de
la fuerza. Aprendieron que el poder debía obtenerse seduciendo a sus
superiores y rivales con juegos psicológicos, palabras amables y un
poco de coquetería. Cuando la cultura se democratizó, los actores,
dandys y artistas dieron en usar las tácticas de la seducción como vía
para cautivar y conquistar a su público y su medio social. En el siglo
XDC sucedió otro gran cambio: políticos como Napoleón se concebían
conscientemente como seductores, a gran escala. Estos hombres
dependieron del arte de la oratoria seductora, pero también dominaron
las estrategias alguna vez consideradas femeninas: montaje de grandes
espectáculos, uso de recursos teatrales, creación de una intensa
presencia física. Todo esto, aprendieron, era —y sigue siendo— la
esencía del carisma. Seduciendo a las masas, pudieron acumular
inmenso poder sin el uso de la fuerza.
, Ahora hemos llegado al punto máximo en la evolución de la
seducción. Hoy más que nunca se desalienta la tuerza o brutalidad de
cualquier clase. Todas las áreas de la vida social exigen la habilidad
para convencer a la gente sin ofenderla ni presionarla. Formas de
seducción pueden hallarse en todos lados, combinando estrategias
masculinas y femeninas. La publicidad se infiltra, predomina la venta
blanda. Si queremos cambiar las opiniones de la gente —y afectar la
opinión es básico para la seducción—, debemos actuar de modo sutil y
subliminal. Hoy ningura estrategia política da resultados sin
seducción. Desde la época de John F. Kennedy, las figuras de la
política deben poseer cierto grano de carisma, una presencia
cautivadora para mantener la atención de su público, lo cual es la
mitad de la batalla. El cine y los medios crean una galaxia de estrellas
e imágenes seductoras. Estamos saturados de seducción. Pero aun si
mucho ha cambiado en grado y alcance, la esencia de la seducción
sigue siendo la misma: jamás lo enérgico y directo, sino el uso del
placer como anzuelo, a fin de explotar las emociones de la gente,
provocar deseo y confusión e inducir la rendición psicológica. En la
seducción, tal como hoy se le practica, siguen imperando los métodos
de Cleopatra.
La gente trata sin cesar de influir en nosotros, de decirnos qué hacer, y
con idéntica frecuencia no le hacemos caso, oponemos resistencia a sus
intentos de persuasión. Pero hay un momento en nuestra vida, en que
todos actuamos de otro modo: cuando nos enamoramos. Caemos
entonces bajo una suerte de hechizo. Nuestra mente suele estar
abstraída en nuestras preocupaciones; en esa hora, se llena de
pensamientos del ser amado. Nos ponemos emotivos, no podemos
pensar con claridad, hacemos tonterías que nunca haríamos. Si esto
dura demasiado, algo en nosotros se vence: nos rendimos a la voluntad
del ser amado, y a nuestro deseo de poseerlo.
Los seductores son personas que saben del tremendo poder con-tenido
en esos momentos de rendición. Analizan lo que sucede cuando la
gente se enamora, estudian los componentes psicológicos de ese
proceso: qué espolea la imaginación, qué fascina. Por instinto y
práctica dominan el arte de hacer que la gente se enamore. Como
sabían las primeras seductoras, es mucho más efectivo despertar amor
que pasión. Una persona enamorada es emotiva, manejable y fácil de
engañar. (El origen de la palabra "seducción" es el término latino que
significa "apartar".) Una persona apasionada es más difícil de controlar
y, una vez satisfecha, bien puede marcharse. Los seductores se toman
su tiempo, engendran encanto y lazos amorosos; para que cuando
llegue, el sexo no haga otra cosa que esclavizar más a la víctima.
Engendrar amor y encanto es el modelo de todas las seducciones:
sexual, social y política. Una persona enamorada se rendirá.
Es inútil tratar de argumentar contra ese poder, imaginar que no te
interesa, o que es malo y repulsivo. Cuanto más quieras resistirte al
señuelo de la seducción —como idea, como forma de poder—, más
fascinado te descubrirás. La razón es simple: la mayoría conocemos el
poder de hacer que alguien se enamore de nosotros. Nuestras acciones
y gestos, lo que decimos, todo tiene efectos positivos en esa persona;
tal vez no sepamos bien a bien cómo la tratamos, pero esa sensación de
poder es embriagadora. Nos da seguridad, lo que nos vuelve más
seductores. También podemos experimentar esto en una situación
social o de trabajo: un día estamos de excelente humor y la gente
parece más sensible, más complacida con nosotros. Esos momentos de
poder son efímeros, pero resuenan en la memoria con gran intensidad.
Los queremos de vuelta. A nadie le gusta sentirse torpe, tímido o
incapaz de impresionar a la gente. El canto seductor de la sirena es
irresistible porque el poder es irresistible, y en el mundo moderno
nada te dará más poder que la habilidad de seducir. Reprimir el deseo
de seducir es una suerte de reacción histérica, que revela tu honda
fascinación por ese proceso; lo único que consigues con ello es
agudizar tus deseos. Algún día saldrán a la superficie.
Tener ese poder no te exige transformar por completo tu carácter ni
hacer ningún tipo de mejora física en tu apariencia. La seducción es un
juego de psicología, no de belleza, y dominar ese juego está al alcance
de cualquiera. Lo único que necesitas es ver al mundo de otro modo, a
través de los ojos del seductor.
Un seductor no activa y desactiva ese poder: ve toda interacción social
y personal como una seducción en potencia. No hay momento que
perder. Esto es así por varias razones. El poder que los seductores
ejercen sobre un hombre o una mujer surte efecto en condiciones
sociales porque ellos han aprendido a moderar el elemento sexual sin
prescindir de él. Aun si creemos adivinar sus intenciones, es tan
agradable estar con ellos que eso no importa. Querer dividir tu vida en
momentos en que seduces y otros en que te contienes sólo te
confundirá y limitará. El deseo erótico y el amor acechan bajo la
superficie de casi cualquier encuentro humano; es mejor que des
rienda suelta a tus habilidades a que trates de usarlas exclusivamente
en la recámara. (De hecho, el seductor ve el mundo como su
recámara.) Esta actitud genera un magnífico ímpetu seductor, y con
cada seducción obtienes práctica y experiencia. Una seducción social o
sexual hace más fácil la que sigue, pues tu seguridad aumenta y te
vuelves más tentador. Atraes a un creciente número de personas
cuando el aura del seductor desciende sobre ti.
Los seductores tienen una perspectiva bélica de la vida. Imaginan a
cada persona como una especie de castillo amurallado que sitian. La
seducción es un proceso de penetración: primero se penetra la mente
del objetivo, su inicial estación de defensa. Una vez que los seductores
han penetrado la mente, logrando con ello que su objetivo fantasee con
ellos, es fácil reducir la resistencia y causar la rendición física. Los
seductores no improvisan; no dejan al azar este proceso. Como todo
buen general, hacen planes y estrategias, con la mira puesta en las
particulares debilidades de su blanco.
El principal obstáculo para ser seductor es nuestro absurdo prejuicio
de considerar al amor y al romance como una especie de mágico reino
sagrado en el que las cosas simplemente suceden, si deben hacerlo.
Esto puede parecer romántico y pintoresco, pero en realidad no es sino
una excusa de nuestra pereza. Lo que seducirá a una persona es el
esfuerzo que invirtamos en ella, porque esto muestra cuánto nos
importa, lo valiosa que es para nosotros. Dejar las cosas al azar es
buscarse problemas, y revela que no tomamos al amor y al romance
muy en serio. El esfuerzo que Casanova invertía, el artificio que
aplicaba a cada aventura, era lo que lo hacía tan endiabladamente
seductor. Enamorarse no es cuestión de magia, sino de psicología. Una
vez que conozcas la psicología de tu objetivo, y que traces la estrategia
consecuente, estarás en mejores condiciones para ejercer sobre él un
hechizo "mágico". Un seductor no ve el amor como algo sagrado, sino
como una guerra, en la cual todo se vale.
Los seductores nunca se abstraen en sí mismos. Su mirada apunta
afuera, no adentro. Cuando conocen a alguien, su primer paso es
identificarse con esa persona, para ver el mundo a través de sus ojos.
Son varias las razones de esto. Primero, el ensimismamiento es señal
de inseguridad, es antiseductor. Todos tenemos inseguridades, pero los
seductores consiguen ignorarlas, pues su terapia al dudar de sí mismos
consiste en embelesarse con el mundo. Esto les concede un espíritu
animado: queremos estar con ellos. Segundo, identificarse con otro,
imaginar qué se siente ser él, ayuda al seductor a recabar valiosa
información, a saber qué hace vibrar a esa persona, qué la hará no
poder pensar claramente y caer en la trampa. Armado con esta
información, puede prestar una atención concentrada e
individualizada, algo raro en un mundo en el que la mayoría de la
gente sólo nos ve desde atrás de la pantalla de sus prejuicios.
Identificarse con los objetivos es el primer paso táctico importante en
la guerra de penetración.
Los seductores se conciben como fuente de placer, como abejas que
toman polen de unas flores para llevarlo a otras. De niños nos
dedicamos principalmente al juego y al placer. Los adultos suelen sentir
que se les ha echado de ese paraíso, que están sobrecargados de
responsabilidades. El seductor sabe que la gente espera placer, pues
nunca obtiene suficiente de sus amigos y amantes, y no puede
obtenerlo de sí misma. No puede resistirse a una persona que entra en
su vida ofreciendo aventura y romance. Placer es sentirse llevado más
allá de los límites propios, ser arrollado: por otra persona, por una
experiencia. La gente clama para que la arrollen, por liberarse de su
obstinación usual. A veces, su resistencia contra nosotros es una
manera de decir: "Sedúceme, por favor". Los seductores saben que la
posibilidad del placer hará que una persona los siga, y que
experimentarlo la hará abrirse, vulnerable al contacto. Asimismo, se
preparan para ser sensibles al placer, pues saben que sentir placer les
facilitará enormemente contagiar a quienes los rodean.
Un seductor ve la vida como teatro, en el que cada quien es actor. La
mayoría creemos tener papeles ceñidos en la vida, lo que nos vuelve
infelices. Los seductores, en cambio, pueden ser cualquiera y asumir
muchos papeles. (El arquetipo es en este caso el dios Zeus, insaciable
seductor de doncellas cuya principal arma era la capacidad de adoptar
la forma de la persona o animal más llamativo para su víctima.) Los
seductores derivan placer de la actuación y no se sienten abrumados
por su identidad, ni por la necesidad de ser ellos mismos o ser
naturales. Esta libertad suya, esta soltura de cuerpo y espíritu, es lo
que los vuelve atractivos. Lo que a la gente le hace falta en la vida no
es más realidad, sino ilusión, fantasía, juego. La forma de vestir de los
seductores, los lugares a los que te llevan, sus palabras y actos son
ligeramente grandiosos; no demasiado teatrales, sino con un delicioso
filo de irrealidad, como si ellos y tú vivieran una obra de ficción o
fueran personajes de una película. La seducción es una especie de
teatro en la vida real, el encuentro de la ilusión y la realidad.
Por último, los seductores son completamente amorales en su forma de
ver la vida. Esta es una diversión, un campo de juego. Sabiendo que los
moralistas, esos amargados reprimidos que graznan contra las
perversidades del seductor, envidian en secreto su poder, no les
importan las opiniones de los demás. No comercian en juicios morales;
nada podría ser menos seductor. Todo es adaptable, fluido, como la
vida misma. La seducción es una forma de engaño, pero a la gente le
gusta que la descarríen, anhela que la seduzcan. Si no fuera así, los
seductores no hallarían tantas víctimas dispuestas. Deshazte de toda
tendencia moralizante, adopta la festiva filosofía del seductor y el
resto del proceso te resultará fácil y natural.
El arte de la seducción se ideó para ofrecerte las armas de la persuasión y
el encanto, a fin de que quienes te rodean pierdan poco a poco su
capacidad de resistencia sin saber cómo ni por qué. Este es un arte
bélico para tiempos delicados.
Toda seducción tiene dos elementos que debes analizar y comprender:
primero, tú mismo y lo que hay de seductor en ti, y segundo, tu
objetivo y las acciones que penetrarán sus defensas y producirán su
rendición. Ambos lados son igualmente importantes. Si planeas sin
prestar atención a los rasgos de tu carácter que atraen a los demás, se
te verá como un seductor mecánico, falso y manipulador. Si te fías de
tu personalidad seductora sin prestar atención a la otra persona,
cometerás errores terribles y limitarás tu potencial.
Por consiguiente, El arte de la seducción se divide en dos partes. En la
primera, "La personalidad seductora'*, se describen los nueve tipos de
seductor, además del antiseductor. Estudiar estos tipos te permitirá
darte cuenta de lo inherentemente seductor en tu personalidad, el
factor básico de toda seducción. La segunda parte, "El proceso de la
seducción", incluye las veinticuatro maniobras y estrategias que te
enseñarán a crear tu hechizo, vencer la resistencia de la gente, dar
agilidad y tuerza a tu seducción e inducir rendición en tu objetivo.
Como una especie de puente entre las dos partes, hay un capítulo sobre
los dieciocho tipos de víctimas de una seducción, cada una de las
cuales carece de algo en la vida, acuna un vacío que tú puedes llenar.
Saber con qué tipo tratas te ayudará a poner en práctica las ideas de
ambas secciones. Si ignoras cualquiera de las partes de este libro, serás
un seductor incompleto.
Las ideas y estrategias de El arte de la seducción se basan en las obras y
relaciones históricas de los seductores más exitosos de la historia.
Entre esas fuentes se cuentan las memorias de seductores (Casanova,
Errol Flynn, Natalie Bamey, Marilyn Monroe); biografías (de
Cleopatra, Josefina Bonaparte, John F. Kennedy, Duke Ellington);
manuales sobre el tema (en particular el Arte de amar de Ovidio); y
relatos imaginarios de seducciones (Las amistades peligrosas, de Choder-los
de Lacios; Diario de un seductor, de Soren Kierkegaard; La historia de Genji, de
Murasaki Shikibu). Los héroes y heroínas de estas obras literarias
tienen por lo general como modelo a seductores reales. Las estrategias
que emplean revelan el enlace ultimo entre ficción y seducción, lo que
genera ilusión y mueve a una persona a continuar. Al poner en
práctica las lecciones de este libro, seguirás la senda de los grandes
maestros de este arte.
Finalmente, el espíritu que te convertirá en un seductor consumado es
el mismo con el que deberías leer este libro. El filósofo francés Denis
Diderot escribió: "Dejo a mi mente en libertad de seguir la primera
idea, necia o sensata, que se presenta, tal como en la Avenue de Foy
nuestros jóvenes disolutos pisan los talones a una ramera y luego la
dejan para asediar a otra, asaltando a todas sin prenderse de ninguna.
Mis ideas son mis rameras". Quiso decir que se dejaba seducir por sus
ideas, yendo detrás de la que le agradara hasta que aparecía una mejor,
infundiendo así a sus pensamientos una suerte de excitación sexual.
Una vez que entres a estas páginas, haz lo que aconseja Diderot: déjate
tentar por sus historias e ideas, con mente abierta y pensamientos
fluidos. Pronto te verás absorbiendo el veneno por la piel y empezarás
a ver todo como seducción, incluidas tu manera de pensar y tu forma
de ver el mundo.
La virtud suele ser una súplica de más seducción.
—Natalie Bamey.